“I am a Dancer”
La intensa luminosidad de los rayos del sol se colaba a través de las ventanas de las oficinas de la Vicepresidencia Legal del Banco donde yo trabajaba, ubicadas en el segundo piso del edificio del cohete en la Av. Francisco de Miranda de la Urbanización El Marqués. Aunque disminuidos oíamos los ruidos rutinarios de la calle, bocinas de carros, autobuses, uno que otro chirrido de frenazo, a veces gritos de la gente, pasándole la voz a alguien, vendiendo algo, o por algún incidente callejero, vaya usted a saber. Por otro lado, dentro del edificio si agudizábamos el oído podíamos escuchar la bulla de la actividad de los empleados y clientes de la Agencia principal del Banco que funcionaba en la planta baja.
Como somos gente del trópico, ergo, algo bulleros, espontáneos, no era para nada extraño que desde el sector del pool de secretarias nos enteráramos sin querer y a veces con fastidio de sus conversaciones, bromas, risas. Eso solía ocurrir con más intensidad cuando nuestros jefes iban a su reunión semanal de Junta Directiva en la Presidencia del Banco. Esa tarde de viernes de 1981, comentaban lo que cada una haría ese fin de semana. Los abogados sin ninguna asignación especial pendiente sólo lo de rutina resolver, ejecutar, visar y despachar con celeridad los asuntos legales del Banco. Estábamos todos en la oficina algo relajados y dicharacheros conversando amenamente cosas triviales. De pronto entró como un vendaval Juan, el mensajero, un muchacho de unos 24 años, alto, moreno, risueño, confianzudo, a veces se permitía hasta echarle un piropo inclusive a las abogadas; cuando se tomaba esas confianzas entornaba sus ojazos negros, pestañados a la vez que esbozaba una amplia sonrisa. Como era bromista, tomador de pelo, no le hicimos caso cuando nos dijo: -ha llegado un pez gordo a la Agencia de abajo del Banco; parece que es un artista extranjero porque lo cuidan dos guardaespaldas con caras de pocos amigos y se lo han llevado directo a la oficina de la gerente. Allí está cambiando dólares-. De las siete personas que estábamos conversando en el pool de secretarias nos animamos a bajar a la Agencia a curiosear sólo dos, Marilú, mi amiga y colega, y yo. –Creo que vamos a hacer el ridículo haciéndole caso a Juan, ya se estarán burlando de nosotras me decía Marilú, sonreída… al tiempo que bajábamos por las escaleras. – ¿Tú crees que Juan se atreverá a hacernos esa broma?- le respondí... -Sí puede ser… conociéndolo cómo es ¡jajaja!- me contesté yo misma. Ambas caminamos entre el público hasta la oficina de la gerente; allí no había nadie. Buscamos con la mirada al supuesto artista extranjero y nada. Ya regresábamos sobre nuestros pasos a nuestra oficina en el segundo piso, cuando mi mirada se posó instintiva y directamente sobre un hombre que destacaba como si tuviera una aureola entre los demás. No atiné a decir palabra alguna, sólo caminaba atraída como un imán hacia el personaje. Él me miró directamente a los ojos sosteniéndome la mirada y sonrío. Estaba sentado en la oficina del Subgerente de la Agencia quién lo estaba atendiendo. En ese momento estaba solo. Me acerqué a él y lo saludé: It´s a pleasure for me to meet you Mr. Nureyev. Él manteniendo su hermosa sonrisa me extendió la mano y de pronto… ¡entré a su campo de energía! Aún con nuestras manos unidas yo le decía que había leído en los periódicos sobre su visita a Venezuela pero que nunca me imaginé que iba a tener el privilegio de conocerlo personalmente y sobre todo conversar tan directamente con él. No recuerdo exactamente cuántos minutos hablé con Nureyev, ni qué más le dije. Sí recuerdo que nadie nos interrumpió mientras dialogábamos entre nosotros. Verlo sentado cual dios griego: ¡Apolo!, en una postura absolutamente natural en él, sin el más mínimo asomo de afectación, con las piernas juntas, no cruzadas, colocadas hacia un lado del cuerpo. Vestía casual, un pantalón tipo blue jeans de tono gris, con franela y chaqueta del mismo color y cubriendo su largo cuello una bufanda. Tenía su cabellera ondulada color castaño claro, cejas pobladas, ojos grandes, mirada dulce, nariz aguileña, labios carnosos. Cuerpo musculoso, preparado para la danza. ¡No he vuelto a ver un hombre tan hermoso como él!... Rudolf Nureyev esa tarde de viernes de 1981 fue un hombre encantador. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Me dejó su autógrafo en un simple papel de mensajes que tomé del escritorio del Subgerente de la Agencia. Nunca vi danzar en persona a Nureyev sólo a través de la televisión. Leí que nació en un tren transiberiano mientras su madre viajaba para reencontrarse con su esposo. Ese niño se inició en la danza tardíamente pero eso no fue obstáculo para él, estaba dotado por la naturaleza de un talento nato irrepetible. Los críticos lo catalogaban como el mejor bailarín del siglo XX, posiblemente el mejor bailarín que haya existido jamás. Sus biógrafos comentan que su otro yo, era impulsivo, temperamental, poco fiable y grosero con quienes trabajaba, promiscuo sexualmente, heterosexual las mujeres lo acosaban, y luego homosexual. La primera bailarina Margot Fontayn desde que actuó con Nuréyev no quiso otra pareja, bailaron juntos por veintiséis años. Entre sus amigos personales estaban Jacqueline Kennedy Onassis, Mick Jagger, Andy Warhol dicen que no tenía tiempo para más. Un día del año 1982 la Princesa Diana de Gales conoció y conversó con Rudolf Nureyev en el Covent Garden de Londres, Inglaterra. Un año antes, un día de 1981, la plebeya abogada peruano-venezolana Silvia Rodríguez Pastor de Calderón conoció y conversó con Rudolf Nureyev en la Agencia Principal del Banco Consolidado de la urbanización El Marqués en Caracas, Venezuela, en un encuentro fortuito, mágico, exquisito que Silvia nunca olvidó.
FIN
