lunes, 25 de noviembre de 2013

Ser feliz

es quien encuentra la paz en su hogar.
Goethe.

¿Eres feliz? ¿Soy feliz? ¿Qué es la felicidad? Son  preguntas que  alguna vez nos hemos hecho o se la hemos planteado a algún conocido.  No tengo  una respuesta que me satisfaga. Sin embargo, conozco a ‘alguien’ que  me ha llamado la atención porque siempre lo he visto de buen talante ¿¡podría decir que invariablemente lo he visto feliz!? Y aquí va la historia.
Es de mañana, voy con mi mamá  en mi carro conduciendo a algún destino cercano por alguna diligencia casera. Caracas no es una ciudad que se camine; es insegura y los transportes  públicos no suelen prestar buenos servicios al ciudadano.
De repente mi madre me dice: -De regreso pasamos por donde  “el hombre feliz”… quiero que vea si estos mocasines aún se pueden arreglar cambiándoles la suela. y continúa:  …Son muy cómodos  para el uso diario... como éstos  ya no se  consiguen más… no de esta horma. Ojalá me los repare.

Está bien vamos para allá … y así veo si ya está lista la cartera  que le llevé la semana pasada para que le cambiara el cierre. Le contesto a mi mamá.

Ya de regreso, estaciono el carro frente al quiosco blanco del zapatero, ubicado en una acera de una de las calles de la urbanización, al lado del quiosco de revistas.  

Nuestro “hombre feliz” al vernos, se incorpora de su asiento de trabajo, deja lo que está haciendo y se acerca al carro por el lado del copiloto. Nos saluda -llamándonos por nuestro nombre con el 'señora' por delante- y, con una amplia sonrisa. Escucha lo que le dice mi mamá, le recibe los mocasines y le dice: Ok. Está bien mi doñita yo se los arreglo bien ‘fino’ para que usted pueda caminar tranquila por el parque.
Oscar.   En el letrero dice:
"Silencio futuro millonario trabajando".

Nuestro “hombre feliz” a mí me entrega mi cartera perfectamente arreglada. Y me cobra barato, como siempre, son tan solidarios los precios por su trabajo que ya ni le preguntamos, con anticipación, cuánto nos va a cobrar por esto ni aquello. Y partimos contentas, luego de haber conversado un poquito con nuestro amigo feliz. Y porque no decirlo, también algo impresionada, yo, porque en los casi veinte años que conocemos a Oscar nunca lo hemos visto de mal humor, ni cansado, frustrado,  quejándose o de mal talante. Él siempre esta sonriente, es atento, agradable. No es un hombre adinerado, ni mucho menos, debe ganar lo suficiente para vivir con modestia pero dignamente. Lo que sí tiene es una retahíla de fieles clientes, y amigos con los que juega dominó frente a su  quiosco los sábados por la tarde. Y eso, creo yo, lo debe hacer feliz.

En conclusión ¿qué nos hace felices a los hombres de este planeta?...  Habrá tantas respuestas diferentes como hombres en la tierra.
Pienso que para los seguidores del filósofo griego Epicuro son  felices los que logran lo que es placentero para ellos.
Para los  Aristotélicos sería lograr la autorrealización en la sociedad mediante el ejercicio de la virtud.

¿Será la felicidad una  actitud mental?, ¿una decisión personal? No lo sé.
No se puede decretar a un colectivo  o decretarte a ti mismo ser feliz. ¡Eso es imposible!

Los orientales conciben la felicidad como un estado de armonía interna que se traduce en un bienestar que perdura en el tiempo.

Cada quién que se dé su propia respuesta.

Por ejemplo, yo soy feliz cuando recuerdo las anécdotas de mis hijos  cuando eran pequeños.
Soy feliz y sonrió conmigo misma cuando mi mente recrea el primer día de clases de mi hijo mayor. El pre kínder de Luis.  –Pensábamos que iba a llorar- y, en cambio, ese pequeñín con su lonchera en la mano con una seguridad muy madura para sus escasos tres años nos dijo a su papá y a mí. Sin derramar una lágrima -¡Váyanse ya! Y se dio media vuelta hacia su salón de clases, tomado de la mano por su maestra... Los que lloramos fuimos nosotros.
Luis 

Soy feliz y sonrío, con el  recuerdo de mi segundo hijo Pedro a sus 2 años y medio, cuando en los centros comerciales entrabamos a una juguetería y pedía que le comprara juguetes y yo le respondía: no puedo comprarte esos juguetes porque  no tengo plata.  Y él me respondía: ‘¡¡¡paga con cheque!!!’ o ‘¡¡¡saca plata de la pared!!!’ (se refería al Cajero automático). O cuando un poco mayorcito nos contaba un chiste de Condorito y remataba ¡plop!  Nosotros teníamos que reírnos ¡Jajajaja! Así  él... que había permanecido expectante, recién sonreía feliz. y nos decía ¿¡Les cuento otro chiste!? y nosotros ¡plop!
Pedro con su manito extendida

José
Soy feliz y sonrió cuando recuerdo las mañanas  que conducía hacia el  pre kinder  de mi hijo menor  José y, una de sus anécdotas que más me impresionó es cómo ese niñito de 2 años y medio una mañana sonaba en el radio una música moderna que íbamos escuchando los dos. Y él desde su asiento de atrás me dijo: ‘mamá pon música clásica’. Me dejó helada. Yo no sabía que a su edad él conocía ese concepto. Y pensé es porque cuando estuve embarazada de él le ponía  música de Bethoven. Mozart, etcétera, en mi  barriga.

La felicidad te la proporcionan momentos inolvidables, vivencias, personas, es ese sentimiento de bienestar que a pesar de las vicisitudes debemos tratar por todos los medios que perdure en nosotros.

El escritor italiano Cesare Pavese dijo que no recordamos días, recordamos momentos. Y esa es una gran verdad.

Me siento feliz cada mañana cuando despierto y me persigno por un día más. Por los rayos de sol que entran por la cocina de mi apartamento, porque desayuno con el trinar de los pájaritos en especial  del huidizo cantarín Cristofue que me visita todos los días en las mañanas; por los colibrís que vienen a alimentarse con mis sábilas y bromelias, por aquél pequeñin que se atreve a entrar en mi cocina sin tenerme miedo y desayunamos juntos, yo lo mío y  él se come las migajas que pululan en el piso. 
                                                                         Cristofue. Great Kiskadee
                                                                      Se llama así porque en  su trinar
                                                                      parece decir "¡cristo fue!". 
Soy feliz cuando recuerdo los muchos momentos inolvidables, buenos y no tan buenos, pero juntos, que hemos vivido mi esposo y yo a lo largo de 35 años de matrimonio. Y los que nos faltan por vivir con la bendición de Dios.
 Ahora cuéntame tú ¿qué es la felicidad para ti?

martes, 12 de noviembre de 2013

El Reino del Revés de María Elena Walsh

En un vagón del Metro de Madrid
El Reino del Revés
Me dijeron que en el Reino del Revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.

Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
 que un año dura un mes.

Me dijeron que en el Reino del Revés
                                                     hay un perro pequinés
                                               que se cae para arriba y una vez
                                                   no pudo bajar después.

                                                     Me dijeron que en el Reino del Revés
                                                   una araña y un ciempiés
                                                       van montados al palacio del marqués
                                                 en caballos de ajedrez.
                          
                                   Vamos a ver cómo es
                                        el Reino del Revés.
 
                                                   Canciones de Tutú Marambá.
 
Conocí la poesía infantil de María Elena Walsh, poetisa, escritora, cantautora, dramaturga  argentina en un vagón del Metro de Madrid, donde pude leer por primera vez su “El Reino del Revés” y  me encantó.
Y aquí hago un paréntesis- Viajar en el Metro de Madrid es divertido. Tienen la bonita costumbre de pegar en las paredes de sus vagones poemas, historias cortas, crónicas, extractos de textos  de diversos autores,  que te hacen grato el viaje. Aparte que ganas en cultura general. Por mi parte, soy una de las que buscan si en el vagón en que me monté puedo leer algo mientras viajo. A veces tengo suerte y me enfrasco en la lectura.
María Elena Walsh (1930-2011).
Maria Elena, era hija de un ciudadano inglés y una dama argentina. Su papá, ferroviario, era un hombre cultivado que tocaba el piano y cantaba. Acostumbraba a cantarle a su pequeña hija Maria Elena canciones de cuna inglesas muy antiguas, tradicionales. Su mamá era una amante de la naturaleza y supo transmitirle a su hija el amor por su terruño. Sus padres le inculcaron A Maria Elena, desde muy pequeña, su amor por la lectura. Y así nació la poetisa, escritora que a muy temprana edad, apenas terminó el colegio, publicó su primer libro de poesía. Maria Elena utiliza un lenguaje muy divertido, gracioso y absurdo que te hace reír y a la vez  reflexionar con sus graciosas ocurrencias. Incentiva, despierta tu imaginación y más aun la de los niños. Sus canciones infantiles son una delicia, pueden buscarlas en YouTube. Y lo demás es historia que la pueden conseguir visitando la web.










lunes, 4 de noviembre de 2013

Suite francesa de Irene Némirovsky

Irene Némirovsky es una de mis autoras favoritas.   Suite francesa, su última novela, permaneció oculta 62 años, fue descubierta en  una librería de París en el año 2004. Ese año le fue concedido el premio  póstumo Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido.  Esta novela ha sido traducida a treinta idiomas. Irene escribe su manuscrito en condiciones adversas, excepcionales, con letra minúscula para ahorrar tinta y en el pésimo papel de guerra.  Suite francesa es un retrato implacable de la Francia abúlica, vencida y ocupada por los nazis. Parte de los siguientes datos han sido  obtenidos del prólogo de Suite Francesa escrito por Myriam Anissimov
En su huida para preservar sus vidas amenazada por la persecución implacable de los nazis, la tutora y las hijas de Irene Némirosvsky, Denise y Elizabeth Epstein llevaron consigo una maleta con fotos, documentos de la familia y el último manuscrito de su madre.  La maleta las acompañó de un refugio a otro, sótanos, trenes, regiones, pueblos, escondites, huían de los gendarmes  ensañados en la búsqueda de las niñas para entregarlas a los nazis. la pequeña Denise había salvado el precioso cuaderno de su madre, aquel que  no se atrevía a abrir porque le resultaba doloroso intentar leerlo. Le bastaba con verlo. Conservarlo.
A los años, Denise junto con su hermana Elizabeth, convertida en editora literaria, toman la decisión de confiar la última obra de su madre al Institut Mémoire de L´Edition Contemporaine, con el fin de salvarla.
Sin embargo, antes de separarse del cuaderno lo mecanografía. Con la ayuda de una lupa y con un gran esfuerzo, logra descifrar el manuscrito. Suite francesa no se trataba, como ella había pensado, de simples notas, de un diario íntimo, sino de una obra que relata de forma tremendamente sobrecogedora la Francia invadida por los nazis, las rutas del éxodo de París, de niños, mujeres, ancianos, familias enteras,  que buscan preservar sus vidas, lograr un mendrugo de pan, dormir.
Irene Némirovsky nació en Kiev en 1903 y murió en Auschwitz en  1942. Hija de León Némirovsky, cuya familia había prosperado en el comercio de granos, viajó mucho antes de hacer fortuna en el negocio de las finanzas y convertirse en uno de los banqueros más ricos de Rusia. Vivía con su familia en una gran mansión en la parte alta de la ciudad, en una apacible calle bordeada de jardines y tilos.

Irene, confiada a los buenos cuidados de su aya, recibió las enseñanzas de excelentes maestros. Fue una niña extremadamente desdichada y solitaria. Su padre a quien adoraba y admiraba, pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus negocios, de viaje o jugándo fortunas en el casino.  Su madre, que se hacía llamar Fanny (su nombre era Faïga en hebreo), la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió el nacimiento de su única hija, Irene, como una primera señal del declive de su feminidad, y la abandono a los cuidados de su nodriza. Fanny Némirovsky (1887-1989), experimenta una especie de aversión a su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y buscando aventuras extraconyugales. Muy envanecida con su belleza veía con horror cómo se iban marchitando su cutis, sus rasgos, que pronto tendría que recurrir a gigolós. Para demostrarse que aún era joven, obligaba a la ya adolescente Irene, a vestirse como una niña y peinarse como pequeña colegiala.

Irene abandonada a su suerte durante las vacaciones de su aya, se refugió en la lectura, empezó a escribir y resistió la desesperación desarrollando un feroz odio contra su madre. Esta violencia, las relaciones contra natura entre madre e hija, ocupa un lugar capital en su obra.


En su novela El vino de la soledad Irene escribe : “En su corazón alimentaba un extraño odio contra su madre que parecía crecer con ella”… “Jamás decía mamá articulando claramente las dos sílabas, que pasaban con dificultad entre sus labios apretados; pronunciaba “ma”, una especie de gruñido apresurado que arrancaba de su corazón con esfuerzo y con un sordo y melancólico dolorcillo.”… “La venganza es mía”, dijo el Señor. ¡Ah, pues qué se le va a hacer, no soy una santa, no puedo perdonárselo! ¡Aguarda, aguarda un poco y verás! ¡Te haré llorar como tú me lo hiciste a mí!... ¡Espera y verás, mujer!”

La venganza de Irene se vio cumplida con la publicación de sus obras  inspiradas en sus experiencias de vida. El baile, Jézabel y El vino de la soledad.

Cuando la familia residía en su Rusia natal, los Némirovsky disfrutaban de un alto nivel de vida. Todos los veranos abandonaban Ucrania y viajaban a Crimea o Biarritz, la Costa Azul u otros destinos de Europa. La madre se instalaba en un palacio, mientras que su hija y su aya se alojaban en una casa de huéspedes.
Tras la muerte de su institutriz francesa, Irene Némirovsky, a la sazón de catorce años de edad, empezó a escribir.
Entre sus autores preferidos estaban Platón y Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray era su libro preferido.
Pese a ser una familia acaudalada, por ser judía se vio hostigada en Rusia en el tiempo de los zares donde el antisemitismo campeaba. Al triunfar la revolución bolchevique sufrió expropiaciones, su fortuna confiscada y tuvieron que huir a Finlandia, Suecia y finalmente se instalaron en Francia en 1920. También allí el antisemitismo hacía de las suyas.
Pese a su notoriedad, Irene Nemirovsky, ni su esposo, Michael Epstein, banquero como su suegro, lograrán conseguir la nacionalidad francesa. Tras una década marcada por el antisemitismo violento contra los judíos. En 1939, Irene junto con sus dos hijas Denise y Elizabeth,  se convierten al cristianismo.  Sus partidas de bautismo no les serían de ninguna utilidad.  Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana.

En los años veinte las novelas de Irene Némirovsky tuvieron mucho éxito. Su primera novela David Golder fue llevada al cine.
En  junio de 1942, Irene tiene el presentimiento de que le queda poco tiempo de vida. Continúa escribiendo. Le escribe una carta a su director literario: Querido amigo… piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo.”   Se siente tan abandonada que redacta un testamento en favor de la tutora de sus hijas, a fin de que ésta pueda cuidar de ellas cuando sus padres hayan desaparecido.
Las dos últimas cartas de Irene Némirovsky.-

Toulon S/Arroux, 13 de julio de 1942
(Escrita a lápiz)

Amor mío, por el momento estoy en la gendarmería, comiendo grosellas mientras espero que vengan a llevarme. Sobre todo, debes estar tranquilo, tengo la convicción de que esto no durará mucho. He pensado que también podríamos dirigirnos a Caillaux y al padre Dimnet. ¿Qué te parece?
Cubro  de besos a mis amadas hijas… Que mi Denise se porte bien y sea razonable. Te estrecho contra mi corazón, así como a Babet, que Dios Todopoderoso os proteja. Por mi parte, me siento  fuerte y tranquila.
Si podéis enviarme alguna cosa, creo que mi segundo par de gafas se quedó en la otra maleta (en el portafolios). Libros, por favor. Y, si puede ser,  también un poco de mantequilla salada. ¡Hasta pronto, amor mío!

Jueves por la mañana – julio de 1942, Pithiviers
(Escrita a lápiz)

Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y esperanza. Estáis en mi corazón, amados míos. Que Dios nos ayude a todos.

Michael Epstein, esposo de Irene, sería arrestado y deportado a Auschwitz en noviembre de 1942, y ejecutado al llegar.

Las niñas logran salvarse. Su tutora, cuida de ellas y las salva de milagro, las ayuda a cruzar Francia clandestinamente. Pasaron varios meses ocultas primero en un convento y luego en sótanos en la región de Burdeos. 

Tras haber perdido la esperanza de encontrar a sus padres después de la guerra, buscaron a su abuela, que había pasado esos años en Niza rodeada de las mayores comodidades. Pero ésta se negó a abrirles la puerta y desde el otro lado les gritó que si sus padres había muerto debían dirigirse a un orfanato. Fanny, mamá de Irene, abuela de las niñas Epstein, murió a las 102 años en su gran piso de la Avenida Président Wilson. En su caja fuerte no encontraron otra cosa que dos libros de Irene Némirovsky: Jezabel y  David Golder.