A Lucho y a mí, nos
gusta caminar, cuando despunta el día, por los alrededores del distrito La Molina. A esas horas las calles aún lucen desiertas. La gente en sus casas
se prepara para salir a emprender sus quehaceres cotidianos. Los negocios,
mercados, escuelas, universidades, centros comerciales, edificios de oficinas,
Bancos, están cerrados. Si el distrito hablara diría que es su momento de paz y
meditación. Poco tráfico en avenidas
que en una hora más se convertirán en hervideros vehículares. Las paradas de
los autobuses están vacías pero en un rato más se formarán colas de pasajeros para
en orden abordar los transportes a sus destinos. Con ese ambiente tranquilo,
sin ruidos, es que iniciamos nuestra caminata. Durará una hora o dos.
La Molina, es un
distrito extenso con tranquilas urbanizaciones; ubicado en el lado Este de Lima.
Aún conserva vestigios de su pasado reciente de gran hacienda. La rodean pequeñas montañas de tierra fina, volátil,
ausente de vegetación. Algunas de estas montañas albergan Huacas de la cultura
Lima, son construcciones de antiguas culturas pre-Incas e Incas, (templos
ceremoniales, viviendas), que se han ido descubriendo a través del
tiempo. Debe haber muchas otras Huacas en el extenso
territorio de La Molina. Me gusta ser testigo de cómo va despertando el
barrio, la zona, en la que vivo.
Perú es
un país esencialmente gastronómico. Siempre lo ha sido, sólo que antes lo
sabíamos y lo vivíamos los peruanos fronteras adentro. Afortunadamente ahora su
fama gastronómica la conoce casi todo el mundo. Al peruano le gusta comer bien. Nos catalogamos como “buen diente”. En
cualquier sitio, el más sencillo y campechano vas a comer sano y fresco. Y si tú
en algún lugar encuentras que no es así, debes
denunciarlo porque el peruano cuida mucho su prestigio gastronómico,
ganado a través de los años con esfuerzo, perseverancia y humildad.
Nos
gusta comprobar esta fama de buena comida una y otra vez para luego salir a
pregonarlo al mundo entero. Ahora nos ha dado por desayunar en la calle. Ayer
nos detuvimos, casi al final de nuestra caminata, en la esquina de la Av. La
Molina con el cruce de la Av. Los Constructores. Allí se para una carretilla de emolientes
de la cual ya somos “caseritos” (clientes cotidianos). Nuestro desayuno fue: Lucho,
un emparedado de salchicha huachana y de beber jugo de fresas con leche; yo, un sándwich de lomo saltado y de beber
emoliente de Quinua; ¡Deliciosísimo! y ¡barato!
En plena calle, desayunan muchas personas, trabajadores, estudiantes, que se dirigen raudos y veloces a sus
quehaceres. En toda Lima, en cualquier zona, barrio, parque, puedes encontrar
una carretilla de emolientes, picarones, anticuchos. Les garantizo que lo disfrutarán.
Quedarán satisfechos, felices, con esa placentera sensación de bienestar emocional
y de bien alimentado. 