jueves, 2 de enero de 2020

Viajar en Ómnibus en Lima


Al llegar a mi Lima natal en noviembre 2018 para radicar definitivamente  me sorprendió ver  gente que camina por las calles sin esconder sus pertenencias, sin miedo a que un ladronzuelo les arrebate sus teléfonos; los llevan  en la mano, suben a los transportes públicos, se comunican de voz  a través de sus audífonos con absoluta naturalidad. Caminan, ríen, whatsapean, igual a como transita el peatón en las seguras ciudades europeas. Por supuesto,  que en Lima ocurren arrebatones, son noticia  que se divulgan a través de los medios de comunicación y alertan a la población.
¿Porqué empiezo comentando esto? Porque este confiado comportamiento ciudadano me agradó. Tendemos siempre a sospechar, recelar, a pensar mal de nuestras ciudades latinas. Y no debe ser así, los pueblos siempre pueden mejorar, salir adelante, convivir en armonía como una población civilizada, con respeto al otro. Viví muchos años en Caracas, ciudad catalogada ahora como una de las más inseguras del mundo; en la que nadie en su sano juicio caminará confiado por las calles con teléfonos móviles exhibiéndolos. Caracas, otrora hermosa ciudad caribeña bendecida con el mejor clima de mundo y su cerro El Ávila oasis de verdor, frondosidad; Caracas, ciudad en la que reside gente culta, buena, a quiénes conduele la actual situación política de su país que la ha conducido al ostracismo. Venezuela era un país de inmigrantes no de  emigrantes. 
Me permitió tomarle fotos
No tengo carro en Lima, tampoco estoy apurada en adquirir uno. He descubierto el encanto de movilizarme a pie o en los ómnibus de Lima. El transporte público es mi medio de ir de un lugar a otro y así disfruto del contacto con la gente y hago amigos circunstanciales de ruta como asidua pasajera de autobuses de las  líneas 201, 202, 209 y del Metropolitano municipal que atraviesa  Lima de Sur a Norte. En Caracas siempre me movilicé en mi carro a todos lados con las lunas (vidrios), bien subidos por razones de seguridad con el aire acondicionado prendido todo el tiempo.  Por eso, al llegar a Lima mis amigas se sorprendían al oír mis anécdotas de autobuses. No asimilan mis disfrutes peatonales y mi condición de pasajera de cuanto transporte público existe en Lima.
La Yoguista: Hace unos días, subí al ómnibus de la línea 202. Encontré un asiento vacío al lado de una dama de  unos 80 años. Me senté a su lado. Vestía cómodos pantalones holgados, viajaba sentada sobre sus piernas cruzadas en posición de yoga, pies cubiertos por medias de lana de color a rayas blanco, gris y negro, se había quitado sus zapatos deportivos que llevaba sobre sus piernas; chompa, camiseta de mangas largas, cabello cano cubierto por la gorra deportiva,  lentes de lunas gruesas. Nos miramos las dos y le pregunté: ¿El asiento está desocupado? Sí,  me dice. Ambas esbozamos sonrisas, le dije: Yo también practico yoga. Ella contesta: Soy profesora de yoga, y me acerca una tarjeta que saca de su bolso de yute. A partir de allí no dejamos de hablar hasta que yo bajé del autobús. Aún tengo su tarjeta, la llamaré, si decido  integrarme a su grupo de yoga. 

El conquistador: Viajo sentada en uno de los primero asientos destinados a pasajeros de la tercera edad del ómnibus línea 201, en la ruta de La Molina - Callao, está lleno de pasajeros. Se incorpora para bajar la señora sentada a mi lado. Sube un señor bien vestido, lleva un saco de corduroy marrón. Siempre me ha gustado el tipo de urdimbre del corduroy es ideal para abrigos, pantalones de invierno. Me parece elegante, viste bien, además es tela duradera, algo cara.  El caballero se sienta; previamente me  preguntó si el asiento estaba libre. Le contesté, con sonrisa amable. Yo leía una novela de Agatha Christie. De pronto el señor comenta: a mí también me gusta leer novelas de misterio. Empezamos a hablar. A partir de ese momento el tiempo se hizo corto. Llegué a mi destino en San Isidro. Empiezo a despedirme una parada antes de la mía. El caballero me dice. Me gustaría invitarla a tomar un café, y seguimos conversando. Con una sonrisa le contesto: ha sido una conversación amena, le agradezco su invitación, pero no puedo aceptarla; en otra oportunidad será. Y bajé del ómnibus. No he vuelto a coincidir con el pasajero del saco de corduroy. Creo que no lo reconocería; a no ser que vistiera  el mismo saco de corduroy marrón.

La comerciante: Una mañana temprano, subo al ómnibus, no sé qué línea era, me daba igual  la 201 o 202, ambas recorren la misma ruta hasta cierto punto; aunque no tienen las mismas paradas de pasajeros pero para mi destino si coincidían  en la parada para subir o bajar.  El transporte va al tope de gente. Tuve suerte pues subía yo y un pasajero bajaba. Pude sentarme en el asiento desocupado. En el asiento de al lado, iba una señora de unos 50 años hablando por teléfono a mandíbula batiente y con sonoras  risotadas. Su frondosa y negrísima cabellera en trenzas, sin maquillaje, pestañas gruesas largas naturales; blusa con mangas de algodón grueso, pantalón jeans. No recuerdo cómo surgió la conversación pero hablamos mucho todo el trayecto. Al llegar a la Av. Aviación, debía bajarse para tomar el tren eléctrico hacia Lurigancho. Le comente: No conozco Lurigancho, nunca he ido.  Ella me responde: ¿No conoces Lurigancho, no puede ser? Este tren te deja en la puerta, cerquita no más,  del mercado principal y el pasaje es barato. Te invito a que vayas a Lurigancho. Yo tengo un puesto de verduras en el Mercado.  Antes de que bajara del autobús, ella me abrazo, yo hice lo mismo, nos dimos sendos besos en nuestras mejillas, le prometí que pronto la visitaría en el mercado. Aún no he ido al mercado de Lurigancho.  No anoté el nombre de mi nueva amiga  propietaria de un puesto en el mercado.  
Son Amistades circunstancial de pocos minutos  que enriquecen mi espíritu. Tengo otros relatos de viaje en ómnibus espero poder contarlos algún día.
Renové mi brevete, esta vigente, permanecerá  guardado en una gaveta de mi escritorio por tiempo indefinido, pues por ahora, no tengo ninguna intención de comprarme un carro.