En un bus de turismo se conocieron
y en Cayo Sombrero sus almas unieron.
Aquel Enero de 1978, tenía veintitrés años y estaba feliz. Por primera vez cruzaría el océano hacia el Viejo mundo. Mi destino era Madrid
ciudad en la que cursaría estudios de postgrado. Viajaba desde Lima en Viasa, línea aérea de Venezuela, país intermedio en la ruta hacia Europa, por
lo que, sin recargo en el costo del pasaje podía quedarme unos días de turista en
ese país caribeño.
A las siete de la mañana el grupo de turistas se
concentró en el lobby del hotel Meliá Caribe
de la Guaira en el que estaba hospedada. Éramos un grupo de veinte personas abordando
el autobús pulman que nos llevaría al pueblo de Tucacas en el Parque Nacional
Morrocoy. La guía me preguntó: ¿Usted es
Selma? ¿Viaja sola? Sí y sí, le contesté. Me ubicó en el asiento de la ventana en la tercera fila. Los pasajeros iban abordando el bus. De pronto un chico me pregunta ¿Este asiento está desocupado? Le contesto: Parece que sí. Pregúntale a la guía para estar seguro. El sin preguntarle se sienta a mi lado.
La guía reparte a todos un folleto con la ruta que seguiríamos en nuestro viaje. El autobús
arranca y empieza a subir por la carretera que va de la Guaira hacia Caracas. cruzará la ciudad para tomar la Autopista Regional del Centro hacia Puerto Cabello. Luego al pueblo de Tucacas en
la costa centro occidental de Venezuela. Plena de manglares, islotes o cayos.
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| Hotel Meliá Caribe - La Guaira - Caracas - Venezuela. |
Mi compañero de asiento se presenta: Me llamó Renato, soy peruano, Ingeniero, veintisiete años de edad. Estoy en Venezuela por trabajo. Luego yo hice lo mismo y nos dimos la mano. Me dice: Vamos
a playas paradisíacas, arena blanca, agua
cristalina, temperatura ideal, con corales visibles a simple vista. ¡Ah! y variedad de pescados, ostras, servidos a la orilla del mar.
Nos esperaban cuatro horas de viaje, con una parada
para tomar unos tentempiés, café, baños, por lo que tendríamos mucho
tiempo para conversar. La carretera
serpenteaba por bucólicos parajes llenos de vegetación, árboles gigantes, bosque de pinos plantados por el hombre, montañas verdes exuberantes, sol fuerte.
Llegamos a Tucacas a medio día justo para almorzar en un restaurante al aire libre frente al mar. La guía nos informó que en un par de horas nos embarcarían en sendos peñeros a todo el grupo para ir a Cayo Sombrero un islote donde acamparíamos dos noches, al día siguiente a Cayo Sal una ida y vuelta
de medio día. A esas alturas Renato y yo ya éramos amigos.
Él, alto de estatura, conversador, sonrisa fácil, agradable. Hombre equilibrado,
educado, respetuoso y galante. Logramos hacer buenas migas. A mí no me interesaba
nada más, sólo pura amistad. No quería saber nada de amores. Estaba enfocada en irme a estudiar, conocer
nuevos mundos y viajar. Renato, un nuevo amigo para disfrutar juntos esos días de playa en el Caribe. Un bonito recuerdo
y punto.
Los diez pasajeros abordamos el peñero con chalecos salvavidas puestos. El bote se adentraba al mar dando
tumbos por el oleaje, saltábamos intempestivamente de los asientos. La embarcación se elevaba, luego caí estrepitosamente al mar y nosotros los pasajeros caíamos golpeados. Una y otra vez. Todos íbamos asustados. El timonel indiferente conducía a velocidad.
¡Ay! gritó una señora
gorda. Su obeso esposo la tranquilizó y abrazó más fuerte. Yo iba
sentada y bien agarrada en el banquillo del centro del bote. A los lados cuatro
personas muy apretados uno contra el otro como un solo bloque. Junto a mí iba Renato que en
uno de esos brincos me abrazo fuerte, igual como el señor obeso abrazo a su mujer gorda. Él trataba que yo,
la flaca, no saliera disparada del bote. Me agarre bien de Renato. Por fin llegamos a Cayo Sombrero. El trayecto me pareció larguísimo por los tumbos acuáticos.
En realidad fueron unos treinta minutos de viaje.
Ayudamos a los guías a armar cuatro carpas para seis personas cada una en el área donde se permitía armar carpas, colocar hamacas en los
árboles y prender fogatas. Nos pusimos trajes de baño y nos lanzamos
al agua. Era un hermoso islote solitario.
Los guías ensartaron pollos sazonados en unas varas
para cocinarlos en la fogata. Esa noche comimos pollos broster servidos con ensalada y plátano frito. De beber refrescos, agua o sangría a escoger. Todos alrededor de la fogata, proveníamos de distintos países. Contamos chistes,
conversamos, bailamos, hasta que soñolientos y
cansados dormimos al filo de la madrugada cada quien en sus carpas.
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| Cayo sombrero - Morrocoy - Tucacas. |
Desperté la primera, salí de la carpa y caminé hacia el mar para disfrutar al máximo de la playa, del sol, antes de viajar a la invernal Europa. Me tumbé a orillas del mar y me adormecí hasta que escuche como un eco la voz de Renato. Abrí los ojos y allí parado a mi lado estaba él ¡Hola! Le dije sin moverme. No tenía ganas de
incorporarme estaba aplastada contra la arena por la fuerza del sol sobre mí. Sentía los brazos pesados y la boca seca.
¿Estás muerta? me
dijo en tono burlón… Aquí sola
pareces un náufrago abandonado a su suerte.
Lo miré y le sonreí. Él se echó a mi lado; mi corazón empezó a latir con fuerza: ¡pum,
pum, pum! Me incorporé y corrí hacia el mar a zambullirme.
Él me siguió y se lanzó al agua. Lentamente se
acerco a mí como un tiburón sigiloso al asecho de su presa. Pero él era un correcto caballero tímido para abalanzarse sobre su víctima. Presentí que él hubiera querido ser más osado para tocarme,
aproximarse más a mí pero no lo hizo. Empezaba a conocer a Renato, era más virtuoso que lo
común para hombres de su edad. Se lo
agradecí con el pensamiento, porque muy dentro de mí quería que me abordase y no sé cómo hubiera reaccionado yo.
Cerca del medio día nos embarcamos hacia Cayo Sal, islote grande con muchas palmeras, agua cristalina, arena blanquísima. Visitamos una
capilla construida por antepasados. y nos bañamos en las salinas aguas detrás del cayo. Nos dijeron que esas aguas tenían cualidades
curativas. Los vendedores de ostras se paseaban por la playa ofreciendo a voz en cuello su manjar de los
mares. Mi amigo compró una docena de ostras para los dos. El vendedor las extraía de su concha, las sazonaba al natural con limón, riquísimas, y nos daba
una a cada uno alternandonos. Aprovechaba para hacer comentarios pícaros: las ostras son afrodisíacas, aquí las
llamamos levanta muertos, ideal para los
enamorados…señorita estas ostras van a dejar a su caballero como un poderoso
rey y nos miraba con sus enormes ojos negros y con una sonrisa que le
iluminaba su curtido rostro. Renato le seguía la corriente contestando sus comentarios y, yo me reía a
mandíbula batiente. El vendedor de ostras se fue feliz con la propina que le dio Renato.
Poco antes del anochecer regresamos a Cayo Sombrero. Al día siguiente regresaríamos a Tucacas a la Guaira y Maiquetía. De allí partiría yo a Madrid. Cuando lo pensé, no pude evitar
mirar a Renato y sentí una tristeza
infinita.
La última mañana en el Cayo, me levanté y
salí a caminar a lo largo de la playa hasta un extremo de la isla de abundante vegetación. Un árbol frondoso cuyo tronco había adquirido forma caprichosa horizontal a la playa, sus robustas, grandes hojas verdes se extendían hacia el mar e impedía que se
viera lo que había detrás de él. Me senté a orillas de la playita que se
formaba frente a esa punta de la isla para disfrutar de la vista del mar y del
horizonte. Acerqué mis rodillas hacia el pecho, las rodié con mis brazos para cobijar mi cabeza. Cerré los ojos, me quedé así. Al poco rato escucho que me llaman: Selma ¿Qué haces aquí? era Renato. Salí a caminar y llegué hasta aquí sin pensar. Me quedé contemplando el paisaje ¡¿Y tú qué haces aquí?! Le respondí.
Te vi salir y te seguí. Me tomó del brazo sonriendo y dijo: Vamos a darnos un chapuzón.
Nos incorporamos y nos metimos al mar. Él seguía sujetando mi brazo, me
volví hacia él y lo miré fijamente. Me
soltó un instante para tomarme en sus brazos con más fuerza y arrastrarme
hacia él. Dejé que sucediera. Acercó su cara
hacia la mía para besarme. El circuito de amor había empezado ¡Deseo, arrebato, amor con dulzura, pasión, ternura!
Permanecí junto a él largo rato. Renato tumbado junto a mí hablaba de permanecer siempre juntos, de casarse
conmigo, de tenerme a su lado toda la
vida. Le preocupaba mi silencio ¡¿No dices nada?! Lo miré, lo llamé mi amante. No sé si lo que sentía por él en ese instante era amor. Pienso que sí, que lo amaba en ese momento. Al marcharnos de nuestra playita me preguntó si estaba arrepentida. Me acerque más
a él, lo besé y le respondí ¿Arrepentirme
de haber sido tan feliz? No, no lo estoy. Caminamos, acurrucados, en
silencio hacia el campamento. A medio día partíamos.
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| El oso y el Mogroño- Madrid. España |
¡Selma! aquí hay algo para ti. Me llamó Sor Pilar desde la recepción ubicada a la entrada
de la Residencia de señoritas que queda en Marqués de Urquijo 18. Yo venía llegando de la universidad corriendo por el frío intenso en la calle. ¡Pero si apenas tienes tres días de haber
llegado a Madrid y ya tienes una carta! ¡Anda, hija! Pero esta carta viene de Venezuela ¿Tú
no eres de Perú?
FIN