Anastasia llegó a su oficina anegada
en lágrimas, agotada, devastada. Sus hermosos ojos pardos los tenía hinchados de tanto llorar desde el amanecer. Su rostro reflejaba un rictus de dolor, de
desespero, de impotencia que se hacían evidentes por las finas venitas azules que se le acentuaban
en su blanquísima faz. Era así cuando se conmovía por algo sobre lo que ella
no tenía control. Necesitaba a gritos contarles
a algunas de sus compañeras de trabajo la horrenda pesadilla que había tenido
la noche anterior, por aquello de “si lo
cuentas no ocurrirá”.
No era suficiente que ya su
hermana Ivana conociera su sueño. Ivana, mientras ambas se alistaban para
ir al trabajo, había tratado de tranquilizarla y quitarle la certeza de que se
trataba de otra horrenda premonición que iba a suceder.
¿Cómo
vas a decirle al Dr. Salazar que no
vaya a jugar al tenis como acostumbra hacerlo todos los domingos? Pensará que
estás loca Anastasia… ¡No le va a pasar nada a tu jefe!... Fue sólo un mal sueño… le
dijo Ivana.
-Es que entiéndeme Ivana, yo ví en mi sueño como Paco lo subía en el
asiento de atrás del Cadillac rojo y se
lo llevaba veloz a la clínica… pero llegaron tarde... no se pudo hacer nada ¡Vi todo Ivana... la ropa que traía puesta, el
color, su cara! ¿Cómo quieres que no haga ni diga nada?-
Las hermanas se abrazaron
sollozantes, angustiadas. Eran muy jóvenes aún. Ambas trabajaban en el mismo Ministerio, pero en dependencias y pisos diferentes. Era una típica mañana de viernes de verano en Lima. El sol radiante
recién se asomaba atravesando la espesa bruma limeña. Las hermanas, siempre tan
unidas, fueron las primeras en llegar a la oficina. Ivana acompañó a Anastasia un rato y luego se fue a su sitio de trabajo en el mismo edificio.
¿Dónde estará Paco... habrá ido a
buscar al Dr. Salazar a su casa?, se preguntó
Anastasia en voz alta.
No veía las horas de que su jefe
llegara a la oficina. Se asomaba a cada rato a mirar por la ventana. La ansiedad le carcomía los
nervios... ¿debo contárselo o no al doctor cuando llegue? Se preguntó a
sí misma... ¿Qué hago, Dios mío?
Ella sentía una conexión muy
especial con el Dr. Salazar, era algo subconsciente.
El Doctor le recordaba mucho a su papá,
se sentía muy cómoda y segura teniéndolo como jefe. Él era un hombre aún joven,
no llegaba a los sesenta años, bonachón, culto,
risueño, inteligente, tal como Anastasia recordaba a su padre.
Buscando eliminar de su mente los
horribles pensamientos que la estaban atormentando, se puso a ordenar su
escritorio y el de su jefe, a revisar los asuntos que dejarían pendientes para
el inicio de la semana entrante.
Estaba absorta en su trabajo
cuando entró al Despacho, Noemí; al ver a
Anastasia le dijo... -¡Ay! Por fin es Viernes, Anastasia… pero... ¿Qué cara tienes? ¡Si parece que te pasó un camión encima! Anímate amiga. Vamos mañana a la playa… a La Herradura, me
gusta más que Agua dulce… allá va mucha gente, familias con hijos y ¡No!… Yo necesito tranquilidad, paz, diversión ...porque iremos con Jaime… Sabrás que él me dijo: Si le dices a Anastasia para que venga con
nosotros, le digo a Ernesto… ¿Tú sabes que le gustas a Ernesto verdad?-
-¡Ay, pero qué tonterías dices
Noemí, qué ocurrencia la tuya... cómo si yo
estuviera para playas y diversión! No,
no quiero ir.-
¿Dónde no quieres ir?, preguntó Pierina, al entrar a la oficina con
unas carpetas en la mano. Pierina, era casada y les llevaba algunos años de diferencia
a las demás. De personalidad, fuerte, dominante y el saberse mayor que las muchachas,
la hacían ejercer sobre ellas una cierta autoridad y prepotencia que a ellas no
les hacía ninguna gracia aunque la querían de verdad porque a la vez era buena,
jocosa, ocurrente y tenía unos ojitos alegres, reilones, pícaros.
El cariño que sentían era
recíproco, en especial hacia Anastasia y su hermana Ivana. Pierina las veía a ambas tan jóvenes, y el haber
conocido su historia la conmovía. Esas adolescentes
tuvieron que afrontar abruptamente la dureza de la vida, dejar de estudiar para
salir a trabajar ¡Así de un día para otro! La vida les cambió. De ser hijas mimadas, consentidas de su padre, quién
les daba de todo mientras vivió. Porque
no fue de los que guardó ‘pan para Mayo’; nunca pensó, que moriría joven y de forma tan repentina. La mamá de las
chicas había sido educada más bien como
‘muñequita de adorno’ para
tocar el piano, bordar, sonreír, conversar, y dueña de una ingenuidad que rayaba en el
candor. Así era mamá Ethel, mimada por su marido, su único hombre, a quién ella idolatraba y del que nunca
sospechó que seguía enamorando a sus
pacientes femeninas. Es que, ¿Cómo podías
siquiera imaginarlo, Ethel? ¡Si tú eras de
esa especie de mujeres inocentes, etéreas,
que nunca ven la malicia ajena! Y eso... ¡Que tú misma fuiste una presa de tu
marido!.. Esta historia a Pierina la conmovía y despertaba su instinto
protector y maternal hacia las muchachas, quienes a la muerte inesperada de su
padre... Anastasia a sus escasos 14 años tuvo
que afrontar la vida, vestirse de mujer adulta
para salir a trabajar. Y, al poco tiempo, la siguió Ivana.
¡Buenos días! Entró a la oficina saludando con una amplia
sonrisa, el Dr. Salazar seguido por su chófer Paco quién al entrar le entregó una
correspondencia a Anastasia.
El día transcurrió rápido, se les
fueron las horas volando, el Dr. Salazar hizo varios dictados a Anastasia, varias
indicaciones, programaron citas, reuniones para la próxima semana. La Agenda de
trabajo estaba completa. Anastasia, disipó su angustia ¡Tanto! que se sintió como una tonta cuando al final
de la tarde recordó su sueño. Y pensó, ...no puedo contarle nada al Dr. Salazar va a
creer que estoy loca. Además, se le ve ¡tan saludable y lleno de vida! que no voy
a agriarle su fin de semana ni su buen humor con semejante pesadilla. No, nada
malo le va a suceder... ¡Ni que yo fuera
Nostradamus!

Ivana, Noemí y Pierina, se
contentaron al ver que Anastasia había recobrado su lozanía, tranquilidad, esa
risa fácil, burlona de ella y, sobre todo, su
alegría de vivir que se reflejaba en su hermoso rostro. Parecía haber olvidado esa horrible sensación
de certeza, que su sueño era una visión que había tenido dormida y que iba a ocurrir ¡Ni recordarle nada! Salieron las cuatro de la oficina felices, alegres y se fueron a saborear unos deliciosos helados al Sky Room del Crillón, de la Av. La Colmena. Uno de los hoteles más chics de la Lima de los años cincuenta.
Ese lunes, como todos los días de
la semana, las muchachas se levantaron temprano y prendieron el radio como era
su costumbre, para escuchar las noticias mientras se alistaban para el
trabajo. Anastasia estaba peinándose
frente al espejo e Ivana vistiéndose para desayunar y salir juntas. Las
noticias se sucedían unas a otras. De repente el locutor lee: Lamentamos informar la repentina muerte del
Doctor Héctor Salazar Vergara, distinguido médico peruano, ex Ministro de Salud y
Catedrático universitario. Su deceso ocurrió el
día de ayer, domingo, mientras jugaba un partido de tenis sufrió un infarto. A
pesar que se le dieron los primeros auxilios inmediatos y fuera trasladado a la clínica más cercana con
la urgencia del caso. No se pudo hacer nada. Al llegar a la clínica, el Dr. Salazar carecía de signos vitales ¡Paz a sus restos!
Anastasia al escuchar la noticia, dio un grito ¡aterrador! y... cayó desmayada.
FIN