lunes, 11 de marzo de 2013

¡Ni que yo fuera Nostradamus!


Anastasia  llegó a su oficina anegada en lágrimas, agotada, devastada. Sus hermosos ojos pardos  los tenía hinchados de tanto llorar desde el  amanecer.  Su rostro reflejaba un rictus de dolor, de desespero, de impotencia que se hacían evidentes  por las finas venitas azules que se le acentuaban en su blanquísima faz. Era así cuando se conmovía por algo sobre lo que ella no tenía control. Necesitaba a gritos  contarles a algunas de sus compañeras de trabajo la horrenda pesadilla que había tenido la noche anterior, por aquello de “si lo cuentas no ocurrirá”.

No era suficiente que ya su hermana Ivana conociera su sueño. Ivana, mientras ambas se alistaban para ir al trabajo, había tratado de tranquilizarla y quitarle la certeza de que se trataba de otra horrenda premonición que iba a suceder.

 ¿Cómo vas a decirle al Dr. Salazar que no vaya a jugar al tenis como acostumbra hacerlo todos los domingos? Pensará que estás loca Anastasia… ¡No le va a pasar nada a tu jefe!... Fue sólo un mal sueño… le dijo Ivana.

-Es que entiéndeme Ivana, yo ví en mi sueño como Paco lo subía en el asiento de atrás del  Cadillac rojo y se lo llevaba veloz a la clínica… pero llegaron tarde... no se pudo hacer nada  ¡Vi todo Ivana... la ropa que traía puesta, el color, su cara!  ¿Cómo quieres que no haga ni diga nada?-  
Las hermanas se abrazaron sollozantes, angustiadas. Eran muy jóvenes aún. Ambas trabajaban en el mismo Ministerio, pero en dependencias y pisos diferentes.  Era una típica mañana de  viernes de verano en Lima. El sol radiante recién se asomaba atravesando la espesa bruma limeña. Las hermanas, siempre tan unidas, fueron las primeras en llegar a la oficina. Ivana acompañó a Anastasia un rato y luego se fue a su sitio de trabajo en el mismo edificio.

¿Dónde estará Paco... habrá  ido a buscar al Dr. Salazar a su casa?, se preguntó  Anastasia en voz alta.

No veía las horas de que su jefe llegara a la oficina. Se asomaba a cada rato a mirar por  la ventana. La ansiedad le carcomía los nervios... ¿debo contárselo o  no al doctor cuando llegue? Se preguntó a sí misma... ¿Qué hago, Dios mío?

Ella sentía una conexión muy especial con el Dr. Salazar,  era algo subconsciente. El Doctor le recordaba  mucho a su papá, se sentía muy cómoda y segura teniéndolo como jefe. Él era un hombre aún joven, no llegaba a los sesenta años, bonachón, culto,  risueño, inteligente, tal como Anastasia recordaba a su padre.
 
Buscando eliminar de su mente los horribles pensamientos que la estaban atormentando, se puso a ordenar su escritorio y el de su jefe, a revisar los asuntos que dejarían pendientes para el inicio de la semana entrante.  
Estaba absorta en su trabajo cuando entró al Despacho, Noemí;  al ver a  Anastasia le dijo... -¡Ay! Por fin es Viernes,  Anastasia…  pero... ¿Qué cara tienes?  ¡Si  parece que te pasó un camión encima!   Anímate amiga.  Vamos mañana a la playa… a La Herradura, me gusta más que Agua dulce… allá va mucha gente,  familias con hijos y ¡No!… Yo necesito tranquilidad,  paz, diversión ...porque  iremos con Jaime… Sabrás que él me dijo:  Si le dices a Anastasia para que venga con nosotros,  le digo a  Ernesto… ¿Tú sabes que le gustas a Ernesto verdad?-

-¡Ay, pero qué tonterías dices Noemí, qué ocurrencia  la tuya... cómo si yo estuviera para playas y diversión!  No, no quiero ir.-

¿Dónde no quieres ir?, preguntó Pierina, al entrar a la oficina con unas carpetas en la mano.  Pierina, era  casada y les llevaba algunos años de diferencia a las demás.  De personalidad, fuerte,  dominante y el saberse mayor que las muchachas, la hacían ejercer sobre ellas una cierta autoridad y prepotencia que a ellas no les hacía ninguna gracia aunque la querían de verdad porque a la vez era buena, jocosa, ocurrente y tenía unos ojitos alegres, reilones, pícaros.
El cariño que sentían era recíproco, en especial hacia Anastasia y su hermana Ivana.  Pierina las veía a ambas tan jóvenes, y el haber conocido su historia la conmovía.  Esas adolescentes tuvieron que afrontar abruptamente la dureza de la vida, dejar de estudiar para salir a trabajar ¡Así de un día para otro! La vida les cambió. De ser  hijas mimadas, consentidas de su padre, quién les daba de todo mientras vivió.  Porque no fue de los que guardó ‘pan para Mayo’; nunca pensó, que moriría joven y de forma tan repentina. La mamá de las chicas había sido educada más bien como  ‘muñequita de adorno’ para tocar el piano, bordar, sonreír, conversar,  y dueña de una ingenuidad que rayaba en el candor.  Así era mamá Ethel, mimada  por su marido, su único hombre,  a quién ella idolatraba y del que nunca sospechó que  seguía enamorando a sus pacientes femeninas. Es que,  ¿Cómo podías siquiera imaginarlo, Ethel?  ¡Si tú eras de esa especie de mujeres inocentes, etéreas,  que nunca ven la malicia ajena! Y eso... ¡Que tú misma fuiste una presa de tu marido!..  Esta historia a  Pierina la conmovía y despertaba su instinto protector y maternal hacia las muchachas, quienes a la muerte inesperada de su padre...  Anastasia a sus escasos 14 años tuvo que   afrontar la vida, vestirse de mujer adulta para salir a trabajar.  Y, al poco tiempo,  la siguió Ivana.

¡Buenos días!  Entró a la oficina saludando con una amplia sonrisa, el Dr. Salazar seguido por su chófer Paco quién al entrar le entregó una correspondencia a Anastasia. 

El día transcurrió rápido, se les fueron las horas volando, el Dr. Salazar hizo varios dictados a Anastasia, varias indicaciones, programaron citas, reuniones para la próxima semana. La Agenda de trabajo estaba completa. Anastasia, disipó su angustia ¡Tanto!  que se sintió como una tonta cuando al final de la tarde recordó su sueño. Y pensó, ...no puedo contarle nada al Dr. Salazar va a creer que estoy loca. Además, se le ve ¡tan saludable y lleno de vida! que no voy a agriarle su fin de semana ni su buen humor con semejante pesadilla. No, nada malo  le va a suceder... ¡Ni que yo fuera Nostradamus!

Ivana, Noemí y Pierina, se contentaron al ver que Anastasia había recobrado su lozanía, tranquilidad, esa risa fácil, burlona de ella y, sobre todo, su  alegría de vivir que se reflejaba en su hermoso rostro.  Parecía haber olvidado esa horrible sensación de certeza, que su sueño era una visión que había tenido dormida y que iba a ocurrir ¡Ni recordarle nada! Salieron las cuatro de la oficina felices,  alegres y se fueron a saborear  unos deliciosos helados al Sky Room del Crillón, de la Av. La Colmena. Uno de los hoteles  más chics de la  Lima de  los años  cincuenta.


Ese lunes, como todos los días de la semana, las muchachas se levantaron temprano y prendieron el radio como era su costumbre, para escuchar las noticias mientras se alistaban para el trabajo.  Anastasia estaba peinándose frente al espejo e Ivana vistiéndose para desayunar y salir juntas. Las noticias se sucedían unas a otras. De repente el locutor lee: Lamentamos informar la repentina muerte del Doctor Héctor   Salazar Vergara, distinguido médico peruano, ex Ministro de Salud y Catedrático universitario. Su deceso ocurrió el día de ayer, domingo, mientras jugaba un partido de tenis sufrió un infarto. A pesar que se le dieron los primeros auxilios inmediatos y  fuera trasladado a la clínica más cercana con la  urgencia del caso. No se pudo hacer nada. Al llegar a la clínica, el Dr. Salazar carecía de signos vitales ¡Paz a sus restos!     

Anastasia al escuchar la noticia, dio un grito ¡aterrador! y... cayó desmayada.

FIN

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