miércoles, 16 de febrero de 2022

Mí Entre paréntesis

 

Mí "Entre paréntesis"

José Ignacio (J.I.), nuestro hijo menor, viajó en 2020 por vacaciones con una estadía programada de 3 meses. Sin embargo, por causa de la pandemia Covid, no pudo regresar, tuvo que residenciarse y buscar trabajo hace 2 años en el país que visitó. Consiguió un empleo novedoso para él en una actividad  nunca antes abordada. Así se descubrió a sí mismo. A nosotros, sus padres, nos tocó entregar su vivienda en alquiler, retirar sus cosas, las que donamos en su mayoría siguiendo sus instrucciones. Nos quedamos con su pequeña biblioteca de renombrados autores de novelas y biográficas. Por mi hijo he descubierto autores que no conocía y si los conocía de nombre, nunca los había leído.  

Mi esposo me pregunta: ¿Has leído a Roberto Bolaño? Mientras tiene entre sus manos “Entre paréntesis” de Bolaño. Es un libro de la colección de J.I.

Sí, ¿por qué? Le contesto. Lucho me muestra una nota escrita por mí, pegada en una página del libro de relatos autobiográficos de Bolaño. Vaya no lo recordaba, leo mi anotación y recuerdo inmediatamente por qué la escribí.

Bolaño cuenta en una de las páginas de Entre paréntesis, su estadía en Berlín. Y me impresionó.

Roberto Bolaño 28/4/1953 -
+15/7/2003

Mi mente ingresa en su túnel del tiempo. Es el mes de setiembre del 2003.  Acabamos de llegar a la estación Central de Viena para embarcarnos en el tren nocturno ruta Viena-Venecia. Un viaje de 7 u 8 horas, toda la noche. En Caracas la agencia de viajes, hace las reservas de transportes en primera clase en todos los trayectos en el viaje dentro de Europa. No porque nosotros lo pidiéramos sino porque es la única clase que se vende en las agencias de viaje de Venezuela. El viaje nocturno en la ruta Viena - Venecia, no sería la excepción. Nos correspondía un compartimento privado.  Estamos en Viena, hemos llegado a la estación de trenes, abordamos el que nos corresponde, nos llevan a nuestra cabina. Hay dos asientos uno frente al otro, que se convertirán en incómodos camastros. En realidad, son cuatro dos a cada lado, uno abajo y otra arriba pegado al techo. No nos pareció tan de primera clase la cabina. En fin, nos instalamos, nos sentamos uno al frente del otro al lado de la ventana para ver el movimiento de los pasajeros que apurados abordaban sus respectivos vagones. De pronto abren la puerta de nuestra cabina, entra una señora alta y gorda, más bien obesa, muy obesa y un muchacho joven alto, flaco, de aspecto despistado. El botones cierra la puerta sin decir palabra y se va. Nosotros, Lucho y yo, nos sorprendimos. La madre y su hijo ni nos miran y proceden a colocar su equipaje. La señora gorda, se acuesta en el camastro de abajo y el chico en el de arriba como si nosotros no existiéramos. Le digo a Lucho ¡qué! ¿Estos van a viajar con nosotros toda la noche? Con esta señora tan gorda no cabemos nosotros y ¡¿se han acostado?! A Lucho se le desencajó el rostro, nervioso, contraído. Y yo ¡furiosísima! Esto no es primera clase ni siquiera en el infierno digo en voz alta, el tren ya está en movimiento. ¿Qué noche vamos a pasar? Me levanto y salgo de la cabina, busco al oficial del tren. Recorro unos pasillos y diviso a uno. Lo llevo a la cabina, protesto con energía. Él me lleva a que le de mis razones al jefe. Entramos a una oficina. Detrás de un escritorio en la oficina, está el oficial en jefe. Le explico mis motivos: el pago desde América para viajar en primera clase en tren, somos turistas en viaje de aniversario de bodas. Nos corresponde una cabina sólo para nosotros. El jefe me escucha en mi inglés latino, él me responde en su inglés con acento alemán. Se dirige en su idioma al oficial de cabinas. Regresamos al compartimiento donde está Lucho, tomamos nuestras maletas y nos vamos hacia otro sector del tren. Llegamos, el oficial, saca unas llaves, abre la puerta y estamos en una cabina tal como nos correspondía, de primera clase. Y para nosotros dos, solos.

¿Porqué Bolaño con su relato de la llegada a su hotel en Berlín me recordó nuestro anecdótico viaje en el tren nocturno de Viena a Venecia?

Bolaño cuenta que cuando estuvo en Berlín, se encantó por la hospitalidad de los berlineses, la comida no le sentó mal, todo normal, salvo por dos cosas, la primera lo alojaron en una mansión junto al lago Wannsee, en las afueras de la ciudad, en la que se suicidó un escritor. En el hotel que antes había sido un castillo, no había ni un alma, le dejan la llave en un buzón que parecía una cañería junto con una nota donde le especifican el número de su habitación, está completamente solo. No había ni un alma. Cuando encuentra su habitación, la ventana estaba abierta, las paredes llenas de mosquitos. La plaga de mosquitos del Wannsee. Era una plaga que no había visto en años. Sólo vio algo semejante, pero menos, cuando estuvo en Panamá o en el Amazonas. A Bolaño le pareció tan extraño, de lo más excéntrico encontrar semejante plaga de mosquitos en Berlín. La soledad de Bolaño, tan valioso escritor, me pareció tan increíble, que mi mente voló y sentí que esa especie de soledad de Bolaño cuando desesperado salió inquieto a pedirle a alguien un spray anti mosquitos y se dio cuenta que estaba sólo en aquella enorme mansión ¡Qué impotencia habrá sentido Bolaño! No había nadie, no empleados. Es la soledad que vi en la cara de Lucho, su angustia reflejada al ver a la señora alemana gorda entrada en años y su hijo o nieto; esa mujer sudorosa y su hijo, ambos emanaban olores fuertes desagradables, que amenazaban nuestra tranquilidad, de una noche soñada por nosotros en un tren de Viena a Venecia. Se dice que las mujeres somos de armas tomar. Yo creo que sí. Como mujer reaccioné rápido esa noche, salí como un bólido a buscar al oficial a cargo para que nos solucionara el impase. Habíamos pagado, desde América, un viaje en tren en primera clase y era lo que tenían que darnos.  

Bolaño cuenta, en su relato que se pasó toda la noche matando mosquitos, los contaba uno tras otro, hasta que dejó de contarlos. En los intervalos pegaba la nariz en el cristal de la ventana que ya no se atrevió a abrir más. Más bien, Bolaño, en sus delirios soñolientos creía ver a las orillas del lago Wannsee, al fantasma del escritor berlinés que se suicidó allá por años anteriores, lo veía bailando con una nube de mosquitos fosforescentes. Hasta que finalmente se durmió. Como nos dormimos nosotros, pero a diferencia de Bolaño, nosotros nos dormimos cómodos cada uno en nuestra respectiva litera, propias de la primera clase que habíamos pagado desde Caracas. Amanecimos en Venecia. Al pie del muelle del mar veneciano un bote taxi nos llevó por los canales venecianos hasta nuestro hotel en la isla de Lido.  Venecia será otro relato.

En Venecia 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 13 de febrero de 2022

Mal Augurio

 Lucrecia no estaba a gusto, sentía una incomodidad que no había experimentado antes. Como si viniera de ultratumba había algo en el ambiente que le atemorizaba, debe ser esa especie de túnel que se ve a lo lejos de este hostal en los confines de este pueblo al que me ha traído Gerardo. Han pasado tantísimos años que estuve aquí ¡Dios mío! Era una niña cuando veníamos cada año a pasar en este pueblo las fiestas patrias. Eran épocas bonitas nos juntábamos varias familias en los años ochenta. Me siento incómoda con la mirada de ese hombre de brazos largos para su estatura, sobre su cabeza un sombrero grande. Apenas le veo el mentón y cuello corto.  No me gusta cuando levanta la cabeza y me observa con ojos de mirada indescifrable. No se mueve, está sentado al pie de la mesa de madera rústica al otro extremo del comedor y no me aparta su mirada.

Chaman cura con Ayahuasca

Sin poderme contener me levanto y a riesgo de pasar por una desquiciada a los ojos del hombre, me detengo frente a su mesa y le digo:
Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando? 

El hombre se pone de pie y, después de saludarme con gentileza, me dice: Señorita, usted perdonará. He estudiado ciencias ocultas, soy el brujo de este pueblo. Percibo vibraciones en las personas soy un hombre sumamente sensible. Cuando la estaba mirando vi sobre su cabeza una gran nube roja. Es un mal augurio, es violencia, sangre, un posible crimen.

Usted ha venido con su novio, tenga cuidado. Tal vez, él no tenga buenas intenciones para con Ud.  Lo que le decía el desconocido era cierto: Gerardo era un hombre violento, celoso y ella lo sabía.  El hombre del sombrero vió cómo el asombro se pintaba en el rostro de Lucrecia.

Lucrecia le dijo: Siéntese por favor, conmigo. Agradeceré su compañía durante el tiempo que mi novio y yo estemos en el pueblo. Ella se dejó caer melancólicamente en el sillón. Todos, su papá, mamá, sus amigas, sus compañeras de trabajo, le habían advertido a Lucrecia, sobre el carácter errático, violento de Gerardo. Pero Lucre no escuchaba, se sentía demasiado atraída hacia él. Lo amaba y lo deseaba. No escuchaba las advertencias que le hacían sobre su relación amorosa con Gerardo. Él era todo para ella.

Desde la terraza del hostal distinguían casi a sus pies, las rocas enormes, piedras, arbustos, que se mecían por el cálido viento al pie del Rímac, oían el ruido del agua del caudaloso rio hablador. La vista se extendía hasta el horizonte entre verdoso y más allá gris.  Por la calle se escuchaba una voz melodiosa, lenta, acompañándose de una quena que entonaba una melodía triste y voluptuosa. Lucrecia sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el hombre de brazos largos, de buenos modales, le reiteró la visión que vio sobre su cabeza y se lo contó a Gerardo quién acababa de llegar, la preocupante visión que tuvo de la nube roja de fatalidad, semejante a una flor venenosa se señía sobre la cabeza de su novia y le dijo: Yo vi que usted podía hacerle daño. Gerardo, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El hombre continuó: Cuando desaparezca la nube roja, y ya yo no la vea, sabré que Ud. se ha curado de sus arranques de diablos azules y su novia estará a salvo.  Gerardo amaba con todo su ser a Lucrecia. A la vez, se sabía violento y que a veces no podía controlarse, no sabía cómo caía en esos estados de malignidad. Asintiendo con la cabeza, aturdido, sin que le pareciera extraño ni terrible lo que el brujo del pueblo le decía sobre su visión extraordinaria, lo escuchó: Junto a usted estaba su novia con la nube roja sobre su cabeza. El brujo sacó unas ramas de su alforja, empezó a entonar unos cantos en un dialecto ininteligible. Eran cantos guturales como un ¡Nunca más!  Que devinieron poco a poco, conforme agitaba las ramas y entonaba diversos sonidos que evocaban trinares de pájaros. Gerardo en éxtasis miraba aparecer el rostro de Lucrecia, a la que tanto quería sobre el mármol de la mesa en aquel extraño momento. Quizás estaban viviendo un sueño. Quizás estaban locos. Quizás habían tomado Aya-huascaQuizás nunca más ser poseído por esa malignidad, quizás estaba liberado. 

Hojas de Aya-huasca
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