domingo, 7 de septiembre de 2014

Antonia


¿Cualquier tiempo  pasado fue mejor?  
La realidad de ser esposa, madre, ama de casa y profesional que debes trabajar fuera de casa para que el presupuesto familiar calce, no es nada fácil. Necesitas una ayudadita. Una empleada doméstica te facilita las cosas. En este sentido, para las amas de casa cualquier tiempo pasado Sí, fue mejor. Recuerdo que mamá siempre contó  con su incondicional  mano derecha: María, ella era ya parte de la familia y al calor del hogar envejeció. En cambio, yo en mi rol de ama de casa no tuve una alter ego permanente e  incondicional. De todas las fámulas que han pasado por mi casa en Caracas, tengo más vivencias malas que buenas para contar. Me  han tocado mujeres ociosas, mentirosas, ladronas, etílicas y paro de contar. Tengo una experiencia  ‘colmo’: una vez quise ponerme una bonita prenda interior de encaje que guardaba como un tesorito y no la encontraba en la gaveta de mi closet.  Al día siguiente le pregunto a la fulana de turno: -¿Tú has visto mi  negligé bordado? La chica respondió: Señora, no se ha dado cuenta que su mamá le agarra sus cosas. Ella seguro  se la ha llevado. ¿Queeé? Le respondí y caí como Condorito ¡Plop!  La  despedí  ese mismo día y, además, tuve que pagarle doble para que se fuera en paz, no tomará represalias contra uno y porque una nunca sabe de lo que una mentirosa es capaz.
¡Ah! pero si  recuerdo con cariño a una trabajadora del hogar que me ayudó con los quehaceres de la casa durante un  buen tiempo: Antonia.

Caracas. Un día de Enero del 2006.
Suena el intercomunicador de mi apartamento con la melodía ‘Para Elisa’ de Beethoven.
Contesto: ¿¡Sí diga!?
Soy  Antonia, la muchacha de servicio. La conserje me dio su número para avisarle que voy subiendo
Está bien te espero, le contesto.
Toca el timbre. Abro la puerta;  entra Antonia; flaca, alta, huesuda,viste blue jeans bien apretados, blusa rosada bien planchada. Destaca su pelo pintado de rubio peinado estilo greñudo luce sano; de ojos negros y vivaces. Me sonríe de oreja a oreja, a su encía superior le faltaban dos de los dientes delanteros.
Nos damos la mano saludándonos, al tiempo que le digo: Antonia,  mi amiga Raquel me ha hablado muy bien de ti.
Qué bueno Sra. Silvia, mi hija Gladys trabaja en casa de su amiga, me responde. Y Yo, sin poder apartar la mirada de su sonrisa desdentada. Le muestro el apartamento. Hablamos de sus labores, de las condiciones laborales, del sueldo. 

Váyase tranquila que yo me ocupo de su casa. Me dice Antonia.

Dos semanas después.-
Antonia, espero una llamada. Anotas el nombre y número de teléfono.
Yo no sé escribir, señora Silvia, pero no se preocupe que yo me acuerdo.
¿Cómo?  ¿No sabes escribir?  ¿Y leer, sabes?
Tampoco sé. Me dice.
Los números si los sé escribir. Además tengo buena memoria.
Sí, de que te sabes los números eso sí, ya me di cuenta. Le respondo.
Pero deberías aprender a leer y escribir. ve a la Misión Robinson. ¿No se la pasa diciendo el Ministro afrodescendiente ese, que Venezuela es territorio libre de analfabetismo?
Antonia ligeramente contrariada, me responde: Yo no voy a nada de este gobierno, señora. No soy chavista. Soy adeca. Toda mi vida vote por los adecos; por Carlos Andrés Pérez.  Los adecos, me dieron un préstamo de dinero y  pude comprarme un terrenito en mi pueblo. Yo misma  construí ladrillo a ladrillo mi casa ayudada por mi familia.  Mi casa es bonita, allí vivo con mi papá que ya está viejo.  Mi casa tiene jardín y un huerto.
¡En serio! te felicito, Antonia ¡qué bien! Le respondo.
Pero Antonia, de todas maneras es una oportunidad de aprender. Eres joven y podrás conseguir trabajos mejores.
Nunca he necesitado saber leer ni escribir, no me hace falta. 
Riéndose Antonia me contesta:  ¡Ja jajá! Figúrese que yo le digo a mi hija que no me mande mensajes al celular, si yo no sé leer. Pero a ella, siempre se le olvida. Mire, y me muestra en su teléfono móvil los mensajes de texto de su hija.

Eres increíble Antonia, menos mal que tienes ese carácter tan risueño y despreocupado. Le contesto.

Antonia no cocinaba bien. Yo dejaba el almuerzo listo, cocinaba temprano, antes de irme a trabajar.  Ella se esmeraba en la limpieza de la casa, lavado y planchado de la ropa. Para mí, eso era suficiente. Durante el tiempo que estuvo conmigo Antonia fue una amiga leal que me hacía reír  con sus ocurrencias. Al llegar a casa me olvidaba del estrés laboral de la oficina, del tráfico y demás. Conversábamos algo y luego, ella se iba a su casita alquilada en el cerro. Regresaba al día siguiente.  Trabajaba de lunes a viernes. Siempre llegaba temprano sin faltar un sólo día.  
Antonia nunca quiso que la llevara al dentista para que le pusiera dientes postizos. 
Me va a doler mucho. Decía.   
Ella había venido a Caracas a ver a su hija y conocer la ciudad. No le gustó vivir en un rancho del cerro con  calles llenas de basura. La  inseguridad la tenía angustiada. Al cabo de un tiempo decidió regresar a su pueblo.
Me dijo: Tengo que irme, señora Silvia, porque si no los chavistas se van a llevar a mi papá el día de las elecciones presidenciales para que voté por ellos.   Y eso ella, no lo podía permitir.
Antonia con su risa desdentada, sus sonoras carcajadas y su afable sencillez regresó a su pueblo en los Andes venezolanos. 






lunes, 1 de septiembre de 2014

Canaima y sus anfitriones


A las 9 de la mañana del 16 de Agosto 2010, despegamos del aeropuerto de Puerto Ordaz con destino a Canaima. Previo al abordaje, piloto y copiloto chequeaban la parte externa de la avioneta Cessna, para doce pasajeros. El vuelo duró unos cuarenta minutos.  Nosotros éramos seis. El resto de los pasajeros: Un matrimonio español, una chica japonesa  y tres estadounidenses. Puerto Ordaz, desde el aire, luce una ciudad planificada en pleno crecimiento. La avioneta se alejaba, las nubes cubrían el cielo pero aún podíamos ver muchos islotes con  profusa vegetación.  A media hora de vuelo entramos en un colchón de nubes.  Afuera se notaba el cambio de clima, más húmedo. Nos acercábamos a altas mesetas,  podíamos verlas y empezó a llover. Gruesas gotas salpicaban las ventanillas. No me gusta sentir que los aviones se muevan con las turbulencias. Dejé de tomar fotos y permanecí callada. El  piloto y copiloto intercambiaban datos técnicos entre sí. Pasaron varios minutos que se me hicieron interminables. De pronto, casi oculta por una densa neblina, vi el inicio de una catarata que caía de la cima de una montaña grisácea
¿Era el Salto Ángel? Grité ¡Miren! Todos  tomabamos  fotos. Empezó el descenso ante  un paisaje de exuberante verdor y  un arco iris  ¡Qué maravillosa bienvenida! Los lugareños ofrecían  en venta  souvenirs. Preguntamos, cómo llegar al alojamiento. Un chico nos indicó el camino. Eran las 10:30 am. En el hostal guardaron nuestro equipaje y, provistos del itinerario iniciamos la caminata al puerto de Ucaima. Donde nos esperaba el  guía a Salto Ángel. Podíamos  llevar un morral por persona. Pernoctaríamos allá. Mi hijo Luis Miguel y André, mi sobrino, cargaban cada uno un morral con nuestras cosas. Trajes de baño, gorra, lentes, los teníamos puestos.  Paramos en  el Mirador del Salto de Ucaima a fotografiar su caída de agua color ámbar.
En el puerto de Ucaima, aguardaban el guía Toni y el motorista de la barcaza. Toni, muy locuaz, empezó una perorata sobre la ruta. A la vez, nos proveía salvavidas que no debíamos quitárnoslo. Navegaríamos cuatro horas por el río Carrao en curiara con motor fuera de borda.  Toni  asignaba los puestos en la curiara a los veinte turistas. Dijo: -Soy responsable de ustedes hasta el fin de su viaje. Presagié  una gran aventura.  Estos jóvenes pemones de piel cobriza, cabello azabache, facciones finas, vivaces ojos negros, eran unos líderes capaces de infundir confianza a gente de diferentes latitudes. Al partir, todos nos empapamos. Toni comentó: -Permanecerán  mojados todo el viaje, no se preocupen por secarse-. El calor apretaba con furia.  

Los pasajeros desembarcamos en Mayupa,  excepto el  motorista y Toni, La curiara cruzaría los rápidos y nosotros debíamos  caminar media hora. Más adelante abordaríamos nuevamente la chalana. Ya en el río, Toni, señalando un lugar, gritó ¡una danta! el cuadrúpedo grande y gris emergía del agua para adentrarse en la selva.  Durante toda la ruta pudimos ver los tepuyes desde diferentes ángulos. Por fin, llegamos al campamento  Kerepakupai – Merú o Salto Ángel. Era una gran explanada vacía con piso de cemento, techo metálico y un solo baño. Inmediatamente Toni nos condujo hacia una selva de gigantescos árboles plagados de orquídeas y bromelias epífitas. A mi mamá le dijo: Ud. No sube doñita… ella suspiró aliviada.  Emprendimos el ascenso a la montaña. mi prima Patricia y yo, llegamos a la cumbre jadeando y jurando que haríamos ejercicios. Al ver frente a nosotras la cima del Auyan-tepuy  desde donde se desprende la cascada  más alta del mundo, se nos olvidaron los achaques. Permanecimos en la cumbre con nuestros hijos, más de una hora inhalando toda la energía que emanaba del Salto Ángel.  
 Llegamos al campamento un poco antes de anochecer.  La escena era otra. Guindaban del techo unas cien hamacas iguales, cubiertas por enormes mosquiteros, para igual número de turistas. Mamá Inés, había reservado nuestras seis hamacas. En un ambiente bucólico una enorme mesa recibiría a cien comensales. Al fondo, apoyados en una pared sin techo, se cocinaban a la brasa, cantidad de pollos ensartados en troncos. Los comensales muy limpitos y acicalados nos sentamos a la mesa. Cual torbellinos aparecieron Toni y un par de ayudantes a servirnos orondos platos con trozos de pollo doraditos, acompañados de ensalada y patacones fritos. No miento si digo que ese ha sido uno de los pollos en braza más deliciosos con que he deleitado mi paladar, en mi vida. Una noche de estrellas en medio de la selva pemona conversé  en inglés con unos australianos sentados frente a mí. Cual Torre de Babel la gente hablaba  en diferentes lenguas. Satisfechos y rendidos cada quién se enchinchorro cuando el sueño lo envolvió.  De regreso al pueblo de Canaima, caminamos sus calles, nos bañamos en su hermosa laguna y enrumbamos con Toni, en curiara y a pie, a Salto del Sapo. Otra inolvidable aventura.