

A las 9 de la mañana del 16 de
Agosto 2010, despegamos del aeropuerto de Puerto Ordaz con destino a Canaima. Previo
al abordaje, piloto y copiloto chequeaban la parte externa de la avioneta Cessna,
para doce pasajeros. El vuelo duró unos cuarenta minutos. Nosotros éramos seis. El resto de los
pasajeros: Un matrimonio español, una chica japonesa y tres estadounidenses. Puerto Ordaz, desde
el aire, luce una ciudad planificada en pleno crecimiento. La avioneta se alejaba,
las nubes cubrían el cielo pero aún podíamos ver muchos islotes con profusa vegetación. A media hora de vuelo entramos en un colchón
de nubes. Afuera se notaba el cambio de clima,
más húmedo. Nos acercábamos a altas mesetas, podíamos verlas y empezó a llover. Gruesas gotas
salpicaban las ventanillas. No me gusta sentir que los aviones se muevan con
las turbulencias. Dejé de tomar fotos y permanecí callada. El piloto y copiloto intercambiaban datos
técnicos entre sí. Pasaron varios minutos que se me hicieron interminables. De
pronto, casi oculta por una densa neblina, vi el inicio de una catarata que caía
de la cima de una montaña grisácea


¿Era el Salto Ángel? Grité ¡Miren! Todos tomabamos fotos. Empezó el descenso ante un paisaje de exuberante verdor y un arco iris ¡Qué maravillosa bienvenida! Los lugareños
ofrecían en venta souvenirs. Preguntamos, cómo llegar al
alojamiento. Un chico nos indicó el camino. Eran las 10:30 am. En el hostal guardaron
nuestro equipaje y, provistos del itinerario iniciamos la caminata al puerto de
Ucaima. Donde nos esperaba el guía a Salto
Ángel. Podíamos llevar un morral por
persona. Pernoctaríamos allá. Mi hijo Luis Miguel y André, mi sobrino, cargaban cada uno un morral con nuestras
cosas. Trajes de baño, gorra, lentes, los teníamos puestos. Paramos en el Mirador del Salto de Ucaima a fotografiar
su caída de agua color ámbar.


En el puerto de Ucaima, aguardaban
el guía Toni y el motorista de la barcaza. Toni, muy locuaz, empezó una
perorata sobre la ruta. A la vez, nos proveía salvavidas que no debíamos quitárnoslo.
Navegaríamos cuatro horas por el río Carrao en curiara con motor fuera de
borda. Toni asignaba los puestos en la curiara a los veinte
turistas. Dijo: -Soy responsable de ustedes hasta el fin de su viaje. Presagié una gran aventura. Estos jóvenes pemones de piel cobriza, cabello
azabache, facciones finas, vivaces ojos negros, eran unos líderes capaces de
infundir confianza a gente de diferentes latitudes. Al partir, todos nos empapamos.
Toni comentó: -Permanecerán mojados todo
el viaje, no se preocupen por secarse-. El calor apretaba con furia.



Los pasajeros desembarcamos en Mayupa,
excepto el motorista y Toni, La curiara cruzaría los
rápidos y nosotros debíamos caminar media
hora. Más adelante abordaríamos nuevamente la chalana. Ya en el río, Toni, señalando
un lugar, gritó ¡una danta! el cuadrúpedo grande y gris emergía del agua para
adentrarse en la selva. Durante toda la
ruta pudimos ver los tepuyes desde diferentes ángulos. Por fin, llegamos al
campamento Kerepakupai – Merú o Salto
Ángel. Era una gran explanada vacía con piso de cemento, techo metálico y un solo
baño. Inmediatamente Toni nos condujo hacia una selva de gigantescos árboles
plagados de orquídeas y bromelias epífitas. A mi mamá le dijo: Ud. No sube
doñita… ella suspiró aliviada. Emprendimos
el ascenso a la montaña. mi prima Patricia y yo, llegamos a la cumbre jadeando y jurando
que haríamos ejercicios. Al ver frente a nosotras la cima del Auyan-tepuy desde donde se desprende la cascada más alta del mundo, se nos olvidaron los
achaques. Permanecimos en la cumbre con nuestros hijos, más de una hora inhalando
toda la energía que emanaba del Salto Ángel.
Llegamos al campamento un poco antes de
anochecer. La escena era otra. Guindaban
del techo unas cien hamacas iguales, cubiertas por enormes mosquiteros, para
igual número de turistas. Mamá Inés, había reservado nuestras seis hamacas. En un
ambiente bucólico una enorme mesa recibiría a cien comensales. Al
fondo, apoyados en una pared sin techo, se cocinaban a la brasa, cantidad de
pollos ensartados en troncos. Los comensales muy limpitos y acicalados nos
sentamos a la mesa. Cual torbellinos aparecieron Toni y un par de ayudantes a
servirnos orondos platos con trozos de pollo doraditos, acompañados de ensalada
y patacones fritos. No miento si digo que ese ha sido uno de los pollos en
braza más deliciosos con que he deleitado mi paladar, en mi vida. Una noche de
estrellas en medio de la selva pemona conversé en inglés con unos australianos sentados
frente a mí. Cual Torre de Babel la gente hablaba en diferentes lenguas. Satisfechos y rendidos
cada quién se enchinchorro cuando el sueño lo envolvió. De regreso al pueblo de Canaima, caminamos sus
calles, nos bañamos en su hermosa laguna y enrumbamos con Toni, en curiara y a
pie, a Salto del Sapo. Otra inolvidable aventura.

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