lunes, 1 de septiembre de 2014

Canaima y sus anfitriones


A las 9 de la mañana del 16 de Agosto 2010, despegamos del aeropuerto de Puerto Ordaz con destino a Canaima. Previo al abordaje, piloto y copiloto chequeaban la parte externa de la avioneta Cessna, para doce pasajeros. El vuelo duró unos cuarenta minutos.  Nosotros éramos seis. El resto de los pasajeros: Un matrimonio español, una chica japonesa  y tres estadounidenses. Puerto Ordaz, desde el aire, luce una ciudad planificada en pleno crecimiento. La avioneta se alejaba, las nubes cubrían el cielo pero aún podíamos ver muchos islotes con  profusa vegetación.  A media hora de vuelo entramos en un colchón de nubes.  Afuera se notaba el cambio de clima, más húmedo. Nos acercábamos a altas mesetas,  podíamos verlas y empezó a llover. Gruesas gotas salpicaban las ventanillas. No me gusta sentir que los aviones se muevan con las turbulencias. Dejé de tomar fotos y permanecí callada. El  piloto y copiloto intercambiaban datos técnicos entre sí. Pasaron varios minutos que se me hicieron interminables. De pronto, casi oculta por una densa neblina, vi el inicio de una catarata que caía de la cima de una montaña grisácea
¿Era el Salto Ángel? Grité ¡Miren! Todos  tomabamos  fotos. Empezó el descenso ante  un paisaje de exuberante verdor y  un arco iris  ¡Qué maravillosa bienvenida! Los lugareños ofrecían  en venta  souvenirs. Preguntamos, cómo llegar al alojamiento. Un chico nos indicó el camino. Eran las 10:30 am. En el hostal guardaron nuestro equipaje y, provistos del itinerario iniciamos la caminata al puerto de Ucaima. Donde nos esperaba el  guía a Salto Ángel. Podíamos  llevar un morral por persona. Pernoctaríamos allá. Mi hijo Luis Miguel y André, mi sobrino, cargaban cada uno un morral con nuestras cosas. Trajes de baño, gorra, lentes, los teníamos puestos.  Paramos en  el Mirador del Salto de Ucaima a fotografiar su caída de agua color ámbar.
En el puerto de Ucaima, aguardaban el guía Toni y el motorista de la barcaza. Toni, muy locuaz, empezó una perorata sobre la ruta. A la vez, nos proveía salvavidas que no debíamos quitárnoslo. Navegaríamos cuatro horas por el río Carrao en curiara con motor fuera de borda.  Toni  asignaba los puestos en la curiara a los veinte turistas. Dijo: -Soy responsable de ustedes hasta el fin de su viaje. Presagié  una gran aventura.  Estos jóvenes pemones de piel cobriza, cabello azabache, facciones finas, vivaces ojos negros, eran unos líderes capaces de infundir confianza a gente de diferentes latitudes. Al partir, todos nos empapamos. Toni comentó: -Permanecerán  mojados todo el viaje, no se preocupen por secarse-. El calor apretaba con furia.  

Los pasajeros desembarcamos en Mayupa,  excepto el  motorista y Toni, La curiara cruzaría los rápidos y nosotros debíamos  caminar media hora. Más adelante abordaríamos nuevamente la chalana. Ya en el río, Toni, señalando un lugar, gritó ¡una danta! el cuadrúpedo grande y gris emergía del agua para adentrarse en la selva.  Durante toda la ruta pudimos ver los tepuyes desde diferentes ángulos. Por fin, llegamos al campamento  Kerepakupai – Merú o Salto Ángel. Era una gran explanada vacía con piso de cemento, techo metálico y un solo baño. Inmediatamente Toni nos condujo hacia una selva de gigantescos árboles plagados de orquídeas y bromelias epífitas. A mi mamá le dijo: Ud. No sube doñita… ella suspiró aliviada.  Emprendimos el ascenso a la montaña. mi prima Patricia y yo, llegamos a la cumbre jadeando y jurando que haríamos ejercicios. Al ver frente a nosotras la cima del Auyan-tepuy  desde donde se desprende la cascada  más alta del mundo, se nos olvidaron los achaques. Permanecimos en la cumbre con nuestros hijos, más de una hora inhalando toda la energía que emanaba del Salto Ángel.  
 Llegamos al campamento un poco antes de anochecer.  La escena era otra. Guindaban del techo unas cien hamacas iguales, cubiertas por enormes mosquiteros, para igual número de turistas. Mamá Inés, había reservado nuestras seis hamacas. En un ambiente bucólico una enorme mesa recibiría a cien comensales. Al fondo, apoyados en una pared sin techo, se cocinaban a la brasa, cantidad de pollos ensartados en troncos. Los comensales muy limpitos y acicalados nos sentamos a la mesa. Cual torbellinos aparecieron Toni y un par de ayudantes a servirnos orondos platos con trozos de pollo doraditos, acompañados de ensalada y patacones fritos. No miento si digo que ese ha sido uno de los pollos en braza más deliciosos con que he deleitado mi paladar, en mi vida. Una noche de estrellas en medio de la selva pemona conversé  en inglés con unos australianos sentados frente a mí. Cual Torre de Babel la gente hablaba  en diferentes lenguas. Satisfechos y rendidos cada quién se enchinchorro cuando el sueño lo envolvió.  De regreso al pueblo de Canaima, caminamos sus calles, nos bañamos en su hermosa laguna y enrumbamos con Toni, en curiara y a pie, a Salto del Sapo. Otra inolvidable aventura.

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