domingo, 13 de febrero de 2022

Mal Augurio

 Lucrecia no estaba a gusto, sentía una incomodidad que no había experimentado antes. Como si viniera de ultratumba había algo en el ambiente que le atemorizaba, debe ser esa especie de túnel que se ve a lo lejos de este hostal en los confines de este pueblo al que me ha traído Gerardo. Han pasado tantísimos años que estuve aquí ¡Dios mío! Era una niña cuando veníamos cada año a pasar en este pueblo las fiestas patrias. Eran épocas bonitas nos juntábamos varias familias en los años ochenta. Me siento incómoda con la mirada de ese hombre de brazos largos para su estatura, sobre su cabeza un sombrero grande. Apenas le veo el mentón y cuello corto.  No me gusta cuando levanta la cabeza y me observa con ojos de mirada indescifrable. No se mueve, está sentado al pie de la mesa de madera rústica al otro extremo del comedor y no me aparta su mirada.

Chaman cura con Ayahuasca

Sin poderme contener me levanto y a riesgo de pasar por una desquiciada a los ojos del hombre, me detengo frente a su mesa y le digo:
Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando? 

El hombre se pone de pie y, después de saludarme con gentileza, me dice: Señorita, usted perdonará. He estudiado ciencias ocultas, soy el brujo de este pueblo. Percibo vibraciones en las personas soy un hombre sumamente sensible. Cuando la estaba mirando vi sobre su cabeza una gran nube roja. Es un mal augurio, es violencia, sangre, un posible crimen.

Usted ha venido con su novio, tenga cuidado. Tal vez, él no tenga buenas intenciones para con Ud.  Lo que le decía el desconocido era cierto: Gerardo era un hombre violento, celoso y ella lo sabía.  El hombre del sombrero vió cómo el asombro se pintaba en el rostro de Lucrecia.

Lucrecia le dijo: Siéntese por favor, conmigo. Agradeceré su compañía durante el tiempo que mi novio y yo estemos en el pueblo. Ella se dejó caer melancólicamente en el sillón. Todos, su papá, mamá, sus amigas, sus compañeras de trabajo, le habían advertido a Lucrecia, sobre el carácter errático, violento de Gerardo. Pero Lucre no escuchaba, se sentía demasiado atraída hacia él. Lo amaba y lo deseaba. No escuchaba las advertencias que le hacían sobre su relación amorosa con Gerardo. Él era todo para ella.

Desde la terraza del hostal distinguían casi a sus pies, las rocas enormes, piedras, arbustos, que se mecían por el cálido viento al pie del Rímac, oían el ruido del agua del caudaloso rio hablador. La vista se extendía hasta el horizonte entre verdoso y más allá gris.  Por la calle se escuchaba una voz melodiosa, lenta, acompañándose de una quena que entonaba una melodía triste y voluptuosa. Lucrecia sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el hombre de brazos largos, de buenos modales, le reiteró la visión que vio sobre su cabeza y se lo contó a Gerardo quién acababa de llegar, la preocupante visión que tuvo de la nube roja de fatalidad, semejante a una flor venenosa se señía sobre la cabeza de su novia y le dijo: Yo vi que usted podía hacerle daño. Gerardo, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El hombre continuó: Cuando desaparezca la nube roja, y ya yo no la vea, sabré que Ud. se ha curado de sus arranques de diablos azules y su novia estará a salvo.  Gerardo amaba con todo su ser a Lucrecia. A la vez, se sabía violento y que a veces no podía controlarse, no sabía cómo caía en esos estados de malignidad. Asintiendo con la cabeza, aturdido, sin que le pareciera extraño ni terrible lo que el brujo del pueblo le decía sobre su visión extraordinaria, lo escuchó: Junto a usted estaba su novia con la nube roja sobre su cabeza. El brujo sacó unas ramas de su alforja, empezó a entonar unos cantos en un dialecto ininteligible. Eran cantos guturales como un ¡Nunca más!  Que devinieron poco a poco, conforme agitaba las ramas y entonaba diversos sonidos que evocaban trinares de pájaros. Gerardo en éxtasis miraba aparecer el rostro de Lucrecia, a la que tanto quería sobre el mármol de la mesa en aquel extraño momento. Quizás estaban viviendo un sueño. Quizás estaban locos. Quizás habían tomado Aya-huascaQuizás nunca más ser poseído por esa malignidad, quizás estaba liberado. 

Hojas de Aya-huasca
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