Lucrecia no estaba a gusto, sentía una incomodidad que no había experimentado antes. Como si viniera de
ultratumba había algo en el ambiente que le atemorizaba, debe ser esa especie de
túnel que se ve a lo lejos de este hostal en los confines de este pueblo al que
me ha traído Gerardo. Han pasado tantísimos años que estuve aquí ¡Dios mío! Era una niña cuando veníamos cada año a pasar en este pueblo las fiestas
patrias. Eran épocas bonitas nos juntábamos varias familias en los años ochenta. Me siento incómoda con la
mirada de ese hombre de brazos largos para su estatura, sobre su cabeza un
sombrero grande. Apenas le veo el mentón y cuello corto. No me gusta cuando levanta la cabeza y me observa
con ojos de mirada indescifrable. No se mueve, está sentado al pie de la mesa
de madera rústica al otro extremo del comedor y no me aparta su mirada.
| Chaman cura con Ayahuasca |
Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando? osa con Gerardo. Él era todo
para ella.
4
El hombre se pone de pie y, después de saludarme con gentileza, me dice: Señorita, usted perdonará. He estudiado ciencias ocultas, soy el brujo de este pueblo. Percibo vibraciones en las personas soy un hombre sumamente sensible. Cuando la estaba mirando vi sobre su cabeza una gran nube roja. Es un mal augurio, es violencia, sangre, un posible crimen.
Usted ha venido con su novio, tenga cuidado. Tal vez, él no tenga buenas intenciones para con Ud. Lo que le decía el desconocido era cierto: Gerardo era un hombre violento, celoso y ella lo sabía. El hombre del sombrero vió cómo el asombro se pintaba en el rostro de Lucrecia.
Lucrecia le dijo: Siéntese por favor, conmigo. Agradeceré su compañía durante el tiempo que mi novio y yo estemos en el pueblo. Ella se dejó caer melancólicamente en el sillón. Todos, su papá, mamá, sus amigas, sus compañeras de trabajo, le habían advertido a Lucrecia, sobre el carácter errático, violento de Gerardo. Pero Lucre no escuchaba, se sentía demasiado atraída hacia él. Lo amaba y lo deseaba. No escuchaba las advertencias que le hacían sobre su relación amorDesde la terraza del hostal
distinguían casi a sus pies, las rocas enormes, piedras, arbustos, que se
mecían por el cálido viento al pie del Rímac, oían el ruido del agua del caudaloso rio
hablador. La vista se extendía hasta el horizonte entre verdoso y más allá
gris. Por la calle se escuchaba una voz
melodiosa, lenta, acompañándose de una quena que entonaba una melodía triste y voluptuosa.
Lucrecia sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado,
el hombre de brazos largos, de buenos modales, le reiteró la visión que vio
sobre su cabeza y se lo contó a Gerardo quién acababa de llegar, la preocupante visión que
tuvo de la nube roja de fatalidad, semejante a una flor venenosa se señía sobre la cabeza
de su novia y le dijo: Yo vi que usted podía hacerle daño. Gerardo, sin darse cuenta de lo que hacía,
movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El hombre continuó:
Cuando desaparezca la nube roja, y ya yo no la vea, sabré que Ud. se ha curado
de sus arranques de diablos azules y su novia estará a salvo. Gerardo amaba con todo su ser a Lucrecia. A
la vez, se sabía violento y que a veces no podía controlarse, no sabía cómo
caía en esos estados de malignidad. Asintiendo con la cabeza, aturdido, sin que
le pareciera extraño ni terrible lo que el brujo del pueblo le decía
sobre su visión extraordinaria, lo escuchó: Junto a usted estaba su novia con la
nube roja sobre su cabeza. El brujo sacó unas ramas de su alforja, empezó a
entonar unos cantos en un dialecto ininteligible. Eran cantos guturales como un
¡Nunca más! Que devinieron poco a poco,
conforme agitaba las ramas y entonaba diversos sonidos que evocaban trinares de
pájaros. Gerardo en éxtasis miraba aparecer el rostro de Lucrecia, a la que
tanto quería sobre el mármol de la mesa en aquel extraño momento. Quizás estaban viviendo un sueño. Quizás estaban locos. Quizás habían tomado Aya-huasca. Quizás nunca más ser poseído por esa malignidad, quizás estaba liberado.
| Hojas de Aya-huasca |
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