Irene Némirovsky es una de mis
autoras favoritas. Suite francesa, su última novela, permaneció oculta 62 años, fue descubierta en una librería de París en el año 2004. Ese año le fue
concedido el premio póstumo Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido. Esta novela ha sido traducida a treinta idiomas. Irene escribe su manuscrito en condiciones adversas, excepcionales, con letra minúscula
para ahorrar tinta y en el pésimo papel de guerra. Suite francesa es un retrato implacable de
la Francia abúlica, vencida y ocupada por los nazis. Parte de los siguientes datos han sido obtenidos del prólogo de Suite Francesa escrito por Myriam Anissimov.
En su huida para preservar sus vidas amenazada por la persecución implacable de los nazis, la tutora y las
hijas de Irene Némirosvsky, Denise y Elizabeth Epstein llevaron consigo una maleta con
fotos, documentos de la familia y el último manuscrito de su madre. La maleta las acompañó de un refugio a otro,
sótanos, trenes, regiones, pueblos, escondites, huían de los gendarmes ensañados en la búsqueda de las niñas para
entregarlas a los nazis. la pequeña Denise había salvado el precioso cuaderno de su madre,
aquel que no se atrevía a abrir porque
le resultaba doloroso intentar leerlo. Le bastaba con verlo. Conservarlo.
A los años, Denise junto con su hermana
Elizabeth, convertida en editora literaria, toman la decisión de confiar la
última obra de su madre al Institut Mémoire de L´Edition Contemporaine, con el
fin de salvarla.
Sin embargo, antes de separarse
del cuaderno lo mecanografía. Con la ayuda de una lupa y con un gran esfuerzo,
logra descifrar el manuscrito. Suite
francesa no se trataba, como ella había pensado, de simples notas, de un
diario íntimo, sino de una obra que relata de forma tremendamente sobrecogedora
la Francia invadida por los nazis, las rutas del éxodo de París, de niños,
mujeres, ancianos, familias enteras, que
buscan preservar sus vidas, lograr un mendrugo de pan, dormir.
Irene Némirovsky nació en Kiev en
1903 y murió en Auschwitz en 1942. Hija
de León Némirovsky, cuya familia había prosperado en el comercio de granos,
viajó mucho antes de hacer fortuna en el negocio de las finanzas y convertirse
en uno de los banqueros más ricos de Rusia. Vivía con su familia en una gran mansión
en la parte alta de la ciudad, en una apacible calle bordeada de jardines y
tilos.
Irene, confiada a los buenos
cuidados de su aya, recibió las enseñanzas de excelentes maestros. Fue una niña
extremadamente desdichada y solitaria. Su padre a quien adoraba y admiraba,
pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus negocios, de viaje o jugándo fortunas en el casino. Su madre, que se
hacía llamar Fanny (su nombre era Faïga en hebreo), la había traído al mundo
con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió
el nacimiento de su única hija, Irene, como una primera señal del declive de su feminidad, y
la abandono a los cuidados de su nodriza. Fanny Némirovsky (1887-1989),
experimenta una especie de aversión a su hija, que jamás recibió de ella el
menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la
aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y buscando aventuras
extraconyugales. Muy envanecida con su belleza veía con horror cómo se iban
marchitando su cutis, sus rasgos, que pronto tendría que recurrir a gigolós.
Para demostrarse que aún era joven, obligaba a la ya adolescente Irene, a
vestirse como una niña y peinarse como pequeña colegiala.
Irene abandonada a su suerte
durante las vacaciones de su aya, se refugió en la lectura, empezó a escribir y
resistió la desesperación desarrollando un feroz odio contra su madre. Esta
violencia, las relaciones contra natura entre madre e hija, ocupa un lugar
capital en su obra.
En su novela El vino de la soledad Irene escribe : “En su corazón alimentaba un extraño odio contra su madre que parecía crecer con ella”… “Jamás decía mamá articulando claramente las dos sílabas, que pasaban con dificultad entre sus labios apretados; pronunciaba “ma”, una especie de gruñido apresurado que arrancaba de su corazón con esfuerzo y con un sordo y melancólico dolorcillo.”… “La venganza es mía”, dijo el Señor. ¡Ah, pues qué se le va a hacer, no soy una santa, no puedo perdonárselo! ¡Aguarda, aguarda un poco y verás! ¡Te haré llorar como tú me lo hiciste a mí!... ¡Espera y verás, mujer!”
La venganza de Irene se vio
cumplida con la publicación de sus obras
inspiradas en sus experiencias de vida. El baile, Jézabel y El vino de la soledad.
Cuando la familia residía en su Rusia
natal, los Némirovsky disfrutaban de un alto nivel de vida. Todos los veranos
abandonaban Ucrania y viajaban a Crimea o Biarritz, la Costa Azul u otros
destinos de Europa. La madre se instalaba en un palacio, mientras que su hija y
su aya se alojaban en una casa de huéspedes.
Tras la muerte de su institutriz
francesa, Irene Némirovsky, a la sazón de catorce años de edad, empezó a escribir.
Entre sus autores preferidos
estaban Platón y Oscar Wilde. El retrato
de Dorian Gray era su libro preferido.
Pese a ser una familia
acaudalada, por ser judía se vio hostigada en Rusia en el tiempo de los zares
donde el antisemitismo campeaba. Al triunfar la revolución bolchevique sufrió
expropiaciones, su fortuna confiscada y tuvieron que huir a Finlandia, Suecia y
finalmente se instalaron en Francia en 1920. También allí el antisemitismo
hacía de las suyas.
Pese a su notoriedad, Irene
Nemirovsky, ni su esposo, Michael Epstein, banquero como su suegro, lograrán
conseguir la nacionalidad francesa. Tras una década marcada por el
antisemitismo violento contra los judíos. En 1939, Irene junto con sus dos
hijas Denise y Elizabeth, se convierten
al cristianismo. Sus partidas de
bautismo no les serían de ninguna utilidad.
Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana.
En los años veinte las novelas de
Irene Némirovsky tuvieron mucho éxito. Su primera novela David Golder fue llevada al cine.
En junio de 1942, Irene tiene el presentimiento de
que le queda poco tiempo de vida. Continúa escribiendo. Le escribe una carta a
su director literario: Querido amigo…
piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a
pasar el tiempo.” Se siente tan
abandonada que redacta un testamento en favor de la tutora de sus hijas, a fin
de que ésta pueda cuidar de ellas cuando sus padres hayan desaparecido.
Las dos últimas cartas de Irene
Némirovsky.-
Toulon S/Arroux, 13 de julio de 1942
(Escrita a lápiz)
Amor mío, por el momento estoy en la gendarmería, comiendo grosellas
mientras espero que vengan a llevarme. Sobre todo, debes estar tranquilo, tengo
la convicción de que esto no durará mucho. He pensado que también podríamos
dirigirnos a Caillaux y al padre Dimnet. ¿Qué te parece?
Cubro de besos a mis amadas
hijas… Que mi Denise se porte bien y sea razonable. Te estrecho contra mi
corazón, así como a Babet, que Dios Todopoderoso os proteja. Por mi parte, me
siento fuerte y tranquila.
Si podéis enviarme alguna cosa, creo que mi segundo par de gafas se
quedó en la otra maleta (en el portafolios). Libros, por favor. Y, si puede
ser, también un poco de mantequilla
salada. ¡Hasta pronto, amor mío!
Jueves por la mañana – julio de 1942, Pithiviers
(Escrita a lápiz)
Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y
esperanza. Estáis en mi corazón, amados míos. Que Dios nos ayude a todos.
Michael Epstein, esposo de Irene,
sería arrestado y deportado a Auschwitz en noviembre de 1942, y ejecutado al
llegar.
Las niñas logran salvarse. Su tutora, cuida de ellas y las salva de milagro, las ayuda a cruzar Francia clandestinamente. Pasaron varios meses ocultas primero en un convento y luego en sótanos en la región de Burdeos.
Tras haber perdido la esperanza de encontrar a sus padres después de la guerra, buscaron a su abuela, que había pasado esos años en Niza rodeada de las mayores comodidades. Pero ésta se negó a abrirles la puerta y desde el otro lado les gritó que si sus padres había muerto debían dirigirse a un orfanato. Fanny, mamá de Irene, abuela de las niñas Epstein, murió a las 102 años en su gran piso de la Avenida Président Wilson. En su caja fuerte no encontraron otra cosa que dos libros de Irene Némirovsky: Jezabel y David Golder.
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