sábado, 22 de junio de 2013

Salvador, espera lo inesperado y lo encontrarás.



Voy a caminar un poco por el  malecón. Avisó Salvador en voz alta, desde la puerta de su casa en Barranco, a su mujer que estaba jugando canasta con sus hermanas, luego del opíparo almuerzo de ese domingo 27 de Diciembre.

Quiero pasear un rato aprovechando esta tarde tan soleada de Diciembre.

Está bien, pero no te demores,  mira que hay que despedir a la visita antes de que se vayan en la noche.

No te preocupes Jimena es una salida rápida, un deseo intempestivo de caminar, pasear un poco y nada más vuelvo pronto. 

Él nunca sale a caminar en las tardes,  nunca antes lo ha hecho ¿qué bicho le habrá picado? Comentó Jimena a sus hermanas.  

Mientras se contestaban en voz alta a la distancia, Salvador volvió sobre sus pasos hacia el comedor, se acercó a su mujer y la beso.  Jimena se incorporó y le correspondió con un prolongado beso y le dijo ¿Amor, nunca antes habías salido a estas horas? y menos para caminar por el malecón de Barranco. Ellos solían despedirse con cierta parsimonia, como demorando sus partidas, se daban explicaciones mutuas. Una costumbre muy de ellos de cortesía conyugal con la cual ambos sentían que cumplían uno con el otro. No porque existiera desconfianza entre ellos. No, nunca habían tenido motivos para ello. Pronto cumplirían  diecinueve años de feliz  matrimonio.

Al comienzo sí tuvieron ciertas desavenencias cuando no llegaban los hijos. Ella no quedaba embarazada. Se puso en manos de diferentes médicos especialistas  pasó por muchos exámenes hasta que un ginecólogo de mucho prestigio dictaminó que había que examinar al marido. Al final de sucesivos exámenes llegó a la conclusión que Salvador era quién no podía tener hijos. Eso produjo cierto desasosiego en la pareja y a la vez disipó cualquier confusión que pudiera abrigar Salvador, dado que antes de su matrimonio con Jimena había gozado de una juventud un tanto desenfrenada y libidinosa con distintas féminas. Por su lado, Jimena nunca recriminó a su esposo por su diagnosticada esterilidad; mas bien dio rienda suelta a su sensualidad y disfrute sexual que gozaron a lo largo de numerosos años entre ellos. Jimena se volvió más  atractiva  a los ojos de su marido, que caía rendido a sus pies.

Él se sentía íntimamente culpable por esos excesos de juventud, esas fuertes escenas íntimas anteriores a su matrimonio. Algo confusas por el tiempo transcurrido, que se repetían en su mente con cierta asiduidad. Junto a su mujer se sentía como purificado y bendecido por tenerla a ella que lo adoraba a pesar de todo. Ella siempre junto a él.

Salvador, buscó en su billetera y se dio cuenta que no tenía suficiente dinero, pero si llevaba consigo sus tarjetas de crédito y de débito. Se acercó al cajero, retiro cierta cantidad de dinero; atravesó el Puente de los suspiros y entró a una dulcería pues se había antojado de un Suspiro a la limeña. 

Jimena se preocupó cuando Salvador no regresaba ya  pasadas las nueve de la noche. Llamó a sus hermanas, a toda la familia, amigos, a la policía, a los bomberos, hospitales, a la morgue. Toda la familia salió en su búsqueda. Pero Salvador no apareció, esa noche, ni en la madrugada, ni al día siguiente, ni a la semana, ni al mes, ni nunca más. Todos trataron de averiguar sobre su paradero, recurrieron a los medios de comunicación, las redes sociales, pero era como si a Salvador se lo hubiera tragado la tierra.

Esa tarde del domingo 27 de Diciembre mientras Salvador disfrutaba de su postre Suspiro a la limeña, se le acercó una  mujer  agraciada, de mediana edad, alta, delgada y le dice… ¿Salvador se acuerda de mí?- Él, algo indolente y distraído le dice: ¿No, quién es usted? Le contesta:  Míreme bien Salvador, soy Cordelia ¿me recuerda? la que cuidaba a su abuela Irina allá en la casa grande del Centro de Lima, en el Jirón Camaná.

¡Ah! Sí, ya la recuerdo Cordelia cuando yo era un mozalbete de unos 20 años e iba a casa de mi abuela a visitarla y me quedaba en su casa a pasar los fines de semana.  Le viene una sonrisa pícara provocada por su memoria ¡Sí, sí, la flaquita y dulce Cordelia! La mira a los ojos. Vivencias de la juventud y vuelve a sonreír pícaramente.

Vine a Lima por unos días. Y quiso el destino que lo encontrara Salvador ¡Por fin!

¿Cómo dice? ¿No vive aquí? ¿Está usted bien Cordelia?

Hasta ahora todo bien Salvador, salí adelante sola con mi hijo. Pero ahora ya creció, tiene 20 años  y necesita mucho más. Por eso he venido desde Tacna en busca de oportunidades de trabajo.

¿Tienes un hijo? ¿Estás casada Cordelia?

Esta noche me regreso a Tacna ha sido una gran coincidencia encontrarte Salvador.

No, no estoy casada, sólo estuve contigo, Salvador.

¿Recuerdas cuándo tu abuela me echó de su casa? Fue cuándo le comenté de mi estado. Nunca iba nadie a visitarla, sólo usted Salvador era el único hombre que la visitaba. Ella se dio cuenta de quién  era mi hijo.

Salvador no entiende nada, no puede entender lo que Cordelia le está diciendo.  Hasta que por fin reacciona ¡No, no puede ser! ¡Yo no puedo ser el padre de tu hijo! Cordelia. El médico me dijo que yo no puedo tener hijos ¡qué es imposible que yo pueda engendrar un hijo!

¿Así, el médico le dijo eso?... ¿Cuándo ?  

Suspiro a la limeña. Dulce  postre peruano.

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