
Empecinada en iniciar mis caminatas matutinas despierto
muy temprano. Me asomo a la ventana para sentir el frescor del amanecer de un nuevo
día. ¡Oh sorpresa! Un recuerdo de la infancia se asoma silencioso con rítmico
pedaleo. Es un triciclo de panadero con su
enorme cajón blanco que recorre las calles
aledañas. Al timón va una guapa y
moderna panadera. Estaciona su triciclo sin tocar la bocina de
característico sonido que anuncia su llegada, -es que es muy temprano para hacer bulla-. Pienso:
¡Vaya, es una chica! ¡Qué gusto que las
féminas nos involucremos en los oficios destinados a los masculinos!
Mi memoria recrea escenas de mi infancia: Dos chiquillas corren hacia el panadero, se montan en el triciclo, mientras el diligente arribado despacha a María o a la abuela
Matilde el chancay para el lonche de las tardes. Ocurría diariamente,
excepto los domingos, en la década de los sesenta y en los
setenta del siglo pasado. La realidad del presente amanecer se impone. Miro contenta, sonreída,
al ver a la panadera bajarse del triciclo para dejar el pan a la vecina de enfrente. Antes, ella mira su teléfono móvil, lee, está absorta, quieta, y yo me pregunto ¿envía o recibe mensajes? Hasta que a ella también se le impone el
presente y reacciona, desciende de su vehículo de tres ruedas, deja la hogaza de pan dentro de una bolsa de papel marrón, sobre el muro de
la casa vecina; se da vuelta, regresa, sube al
triciclo y empieza a pedalear, atenta. Aún no ha amanecido del todo.

La guapa panadera se aleja. Cruza la avenida Comandante Espinar
para continuar su recorrido por el barrio de Miraflores. Con un suspiro recupero mi presente
matutino. Me preparo para salir, pantalón 3/4, camiseta de algodón/lycra, zapatillas, gorra deportiva, la llave, salgo a caminar una hora como todas las mañanas por
el barrio y más allá.
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