viernes, 23 de junio de 2017

LA PANADERA MIRAFLORINA

Empecinada en iniciar mis caminatas matutinas despierto muy temprano. Me asomo a la ventana para sentir el frescor del amanecer de un nuevo día. ¡Oh sorpresa! Un recuerdo de la infancia se asoma silencioso con rítmico pedaleo. Es un  triciclo de panadero con su enorme  cajón blanco que recorre las calles aledañas. Al timón va una guapa  y moderna panadera.  Estaciona  su triciclo sin tocar la bocina de característico sonido que anuncia su llegada, -es que es muy temprano para hacer bulla-.  Pienso: ¡Vaya, es una chica! ¡Qué gusto que las féminas  nos  involucremos en los oficios destinados a los masculinos!  Mi memoria  recrea escenas de mi infancia: Dos chiquillas corren  hacia el panadero, se  montan en el triciclo,  mientras el diligente arribado despacha a María o a la abuela Matilde el chancay para el lonche de las tardes. Ocurría diariamente, excepto los domingos, en la década de los sesenta y en los setenta del siglo pasado. La realidad del presente amanecer se impone. Miro contenta, sonreída, al ver a la panadera bajarse del triciclo para dejar el pan a  la vecina de enfrente. Antes, ella mira  su teléfono móvil, lee, está  absorta, quieta, y yo me pregunto ¿envía o recibe mensajes?  Hasta que a ella también se le impone el presente y reacciona, desciende  de su vehículo de tres ruedas, deja la hogaza de pan dentro de una bolsa de papel marrón, sobre el muro de la casa vecina; se da vuelta, regresa, sube al triciclo y empieza a pedalear, atenta. Aún no ha amanecido del todo.
La guapa panadera se aleja. Cruza la avenida Comandante Espinar para continuar su recorrido por el barrio de Miraflores. Con un suspiro recupero mi presente matutino. Me preparo para salir, pantalón 3/4,  camiseta de algodón/lycra, zapatillas,  gorra deportiva, la llave, salgo a caminar una hora como todas las mañanas  por el barrio y más allá.


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