Estaba en el campamento del Salto Ángel,
acostada boca arriba retozando en la aromática grama acolchada, húmeda,
miraba el cielo azul, esplendoroso. Sonreía consigo misma, ensimismada en
pensamientos agradables; se sentía transportada
al mismísimo cielo por una ternura que provenía de las profundidades de la
madre tierra que la acariciaba con dulzura…
-tengo que disfrutar estos instantes
únicos-… Se decía a mí misma -¡yo, con yo! Muy poca gente viene por estos lugares en
medio de la selva pemona… no saben lo que se pierden.
De pronto sintió unos pasos cercanos que la apartaban de un hermoso
letargo. Abrió los ojos, miró por todos lados, y no había nadie. Pensó… ¿será
que me pareció sentir una presencia?.. O es una gallina, o un pollo de esas que
crían los pemones para alimentar a los turistas. Volvió a recostarse; entrecerró los ojos nuevamente
para seguir disfrutando de ese éxtasis, de paz interior… de repente, crujieron
las ramas de los árboles. Volvió a sentir esta vez... unos pasos humanos.
Abrió los ojos sin moverse… de nuevo un crujido de ramas. Se sentó tratando de mantenerse serena, pues se asustó. Miró a su alrededor y no
había nadie. Se incorporó y vió que se acercaba un muchacho turista que conoció en el Puerto de embarque de Ucaima. Tenía el rostro afligido. Algo le preocupaba.
La miró fijamente y le dijo: -La
estuve buscando en el campamento y como no la encontré pensé que podría estar
aquí… ¿Recuerda que nos comentó, a Elisa
y a mí, cuando estábamos navegando en la curiara que en algún momento se vendría a este
lugar a ‘un encuentro consigo misma’?
-Si lo recuerdo. Más o menos eso
es lo que estoy tratando de hacer. Comunicarme con mi Yo. Le respondió.
- De repente balbucea, y le dice: Siento interrumpirla en su meditación, pero es que creo que puedo hablar con usted sobre algo que me tiene muy angustiado. Como
abogada que es, tal vez me pueda ayudar.
-Dígame qué le preocupa Reinaldo…
estamos solos ¡lo que tú me digas… aquí se queda! Y ojalá pueda serte útil. Habla con confianza.
| Salto Ángel foto tomada desde la avioneta |
- Dejo que se desahogue, sin interrumpirlo.
- Elisa atraviesa por épocas en
que adquiere otra personalidad, como si
fuera otra persona. Cambia su actitud hacia mí. – Me evita, parece ausente, no
me habla, ni me mira a los ojos cuando le hablo, no me contesta. Frunce el
ceño. Se aparta, habla sola bajito.
-¿Será que está enferma? – ¿Ha pensado en llevarla a un psiquiatra?
Piensa.
- La última vez, la seguí hasta
nuestro dormitorio y la observé a través de una rendija de la puerta. Se había
arrodillado, lloraba desconsoladamente y se frotaba las manos, se tocaba las mejillas, la cabellera. Sacó un cofre de su closet y de
allí un pañuelo blanco, se lo pasaba por la cara, como acariciándose y lo besaba con vehemencia… Nunca le he visto esa entrega hacia mí, ni siquiera en nuestra noche de bodas... Creo que me engaña... que tiene un amante al que ama más que a mí. Y sin más… ¡estalló en sollozos! se desfogó a gritos en pleno bosque. Como un
niño.
- Tomé su mano y lo abracé para tranquilizarlo. Así permanecimos,
sentados en la grama, unos momentos
hasta que él se fue apaciguando.
- Entonces le hablé a Reinaldo y le recomendé que fuera sincero con su
esposa. Ella lo entendería. Que le comentara de su dolor a causa de su comportamiento.
Seguro que juntos encontrarían la solución.
Cualquier cosa podían contar conmigo.
Él se fue serenando. Nos quedamos un rato conversando en medio de la
soledad de ese bosque virginal. Su mirada era de gratitud, como si lo hubiera
liberado de una fuerte opresión, me dio un fuerte apretón de manos y nos
incorporamos para regresar al campamento charlando de cosas de la vida, de recuerdos, del pasado, del futuro, cruzamos el sendero de
árboles y plantas silvestres. Se había recuperado. Se lo entregué a Elisa ‘livianito’.
- Al día siguiente el grupo de turistas subimos a la montaña que esta frente al Salto Ángel, disfrutamos
de esa delicia de permanecer mojados, embarrados de lodo por todo el día. Escalamos la montaña a la par que aguantábamos
la copiosa lluvia y el sol
inclemente... Al regreso nuestro guía pemón nos llevó por la ruta de
los rápidos. Una aventura total con un final feliz.
fin
...
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