¿Cualquier tiempo
pasado fue mejor?
La realidad de ser esposa, madre, ama de casa y profesional que debes trabajar fuera de casa para que el presupuesto familiar calce, no es nada fácil. Necesitas una ayudadita. Una empleada doméstica te facilita las cosas. En este sentido, para las amas de casa cualquier tiempo pasado Sí, fue mejor. Recuerdo que mamá siempre contó con su incondicional mano derecha: María, ella era ya parte de la familia y al calor del hogar envejeció. En cambio, yo en mi rol de ama de casa no tuve una alter ego permanente e incondicional. De todas las fámulas que han pasado por mi casa en Caracas, tengo más vivencias malas que buenas para contar. Me han tocado mujeres ociosas, mentirosas, ladronas, etílicas y paro de contar. Tengo una experiencia ‘colmo’: una vez quise ponerme una bonita prenda interior de encaje que guardaba como un tesorito y no la encontraba en la gaveta de mi closet. Al día siguiente le pregunto a la fulana de turno: -¿Tú has visto mi negligé bordado? La chica respondió: Señora, no se ha dado cuenta que su mamá le agarra sus cosas. Ella seguro se la ha llevado. ¿Queeé? Le respondí y caí como Condorito ¡Plop! La despedí ese mismo día y, además, tuve que pagarle doble para que se fuera en paz, no tomará represalias contra uno y porque una nunca sabe de lo que una mentirosa es capaz.
La realidad de ser esposa, madre, ama de casa y profesional que debes trabajar fuera de casa para que el presupuesto familiar calce, no es nada fácil. Necesitas una ayudadita. Una empleada doméstica te facilita las cosas. En este sentido, para las amas de casa cualquier tiempo pasado Sí, fue mejor. Recuerdo que mamá siempre contó con su incondicional mano derecha: María, ella era ya parte de la familia y al calor del hogar envejeció. En cambio, yo en mi rol de ama de casa no tuve una alter ego permanente e incondicional. De todas las fámulas que han pasado por mi casa en Caracas, tengo más vivencias malas que buenas para contar. Me han tocado mujeres ociosas, mentirosas, ladronas, etílicas y paro de contar. Tengo una experiencia ‘colmo’: una vez quise ponerme una bonita prenda interior de encaje que guardaba como un tesorito y no la encontraba en la gaveta de mi closet. Al día siguiente le pregunto a la fulana de turno: -¿Tú has visto mi negligé bordado? La chica respondió: Señora, no se ha dado cuenta que su mamá le agarra sus cosas. Ella seguro se la ha llevado. ¿Queeé? Le respondí y caí como Condorito ¡Plop! La despedí ese mismo día y, además, tuve que pagarle doble para que se fuera en paz, no tomará represalias contra uno y porque una nunca sabe de lo que una mentirosa es capaz.
¡Ah! pero si recuerdo
con cariño a una trabajadora del hogar que me
ayudó con los quehaceres de la casa durante un buen tiempo: Antonia.
Caracas. Un día de
Enero del 2006.
Suena el
intercomunicador de mi apartamento con la melodía ‘Para
Elisa’ de Beethoven.
Contesto: ¿¡Sí diga!?
Soy Antonia, la muchacha de servicio. La conserje me dio su número para avisarle que voy subiendo.
Está bien te espero, le contesto.
Toca el timbre. Abro la puerta; entra Antonia; flaca, alta, huesuda,viste blue jeans bien apretados, blusa rosada bien planchada. Destaca su pelo pintado de rubio peinado estilo greñudo luce sano; de ojos negros y vivaces. Me sonríe de oreja a oreja, a su encía superior le
faltaban dos de los dientes delanteros.
Nos damos la mano saludándonos, al tiempo que le digo: Antonia, mi amiga Raquel me ha hablado muy bien de ti.
Qué bueno Sra. Silvia, mi hija Gladys
trabaja en casa de su amiga, me responde. Y Yo, sin poder apartar
la mirada de su sonrisa desdentada. Le muestro el apartamento. Hablamos de sus
labores, de las condiciones laborales, del sueldo.
Váyase tranquila que
yo me ocupo de su casa. Me dice Antonia.
Dos semanas después.-
Antonia, espero una
llamada. Anotas el nombre y número de teléfono.
Yo no sé escribir,
señora Silvia, pero no se preocupe que yo me acuerdo.
¿Cómo? ¿No sabes
escribir? ¿Y leer, sabes?
Tampoco sé. Me dice.
Los números si los sé
escribir. Además tengo buena memoria.
Sí, de que te sabes
los números eso sí, ya me di cuenta. Le respondo.
Pero deberías
aprender a leer y escribir. ve a la Misión Robinson. ¿No se la pasa diciendo el
Ministro afrodescendiente ese, que Venezuela es territorio libre de
analfabetismo?
Antonia ligeramente contrariada, me responde: Yo no voy a nada de este gobierno, señora. No soy chavista. Soy adeca. Toda mi vida vote por los adecos; por Carlos Andrés Pérez. Los adecos, me dieron un préstamo de dinero y pude comprarme un terrenito en mi pueblo. Yo misma construí ladrillo a ladrillo mi casa ayudada por mi familia. Mi casa es bonita, allí vivo con mi papá que ya está viejo. Mi casa tiene jardín y un huerto.
Antonia ligeramente contrariada, me responde: Yo no voy a nada de este gobierno, señora. No soy chavista. Soy adeca. Toda mi vida vote por los adecos; por Carlos Andrés Pérez. Los adecos, me dieron un préstamo de dinero y pude comprarme un terrenito en mi pueblo. Yo misma construí ladrillo a ladrillo mi casa ayudada por mi familia. Mi casa es bonita, allí vivo con mi papá que ya está viejo. Mi casa tiene jardín y un huerto.
¡En serio! te
felicito, Antonia ¡qué bien! Le respondo.
Pero Antonia, de
todas maneras es una oportunidad de aprender. Eres joven y podrás conseguir
trabajos mejores.
Nunca he necesitado
saber leer ni escribir, no me hace falta.
Riéndose Antonia me contesta: ¡Ja
jajá! Figúrese que yo le digo a mi hija que no me mande mensajes al
celular, si yo no sé leer. Pero a ella, siempre se le olvida. Mire, y me muestra en su teléfono móvil los mensajes de texto de su hija.
Antonia no cocinaba bien. Yo dejaba el almuerzo listo, cocinaba temprano, antes de irme a trabajar. Ella se esmeraba en la limpieza de la casa, lavado y planchado de la ropa. Para mí, eso era suficiente. Durante el tiempo que estuvo conmigo Antonia fue una amiga leal que me hacía reír con sus ocurrencias. Al llegar a casa me olvidaba del estrés laboral de la oficina, del tráfico y demás. Conversábamos algo y luego, ella se iba a su casita alquilada en el cerro. Regresaba al día siguiente. Trabajaba de lunes a viernes. Siempre llegaba temprano sin faltar un sólo día.
Antonia nunca quiso
que la llevara al dentista para que le pusiera dientes postizos.
Me va a doler mucho. Decía.
Ella había venido a Caracas a ver a su hija y conocer la ciudad. No le gustó vivir en un rancho del cerro con calles llenas de basura. La inseguridad la tenía angustiada. Al cabo de un tiempo decidió regresar a su pueblo.
Me va a doler mucho. Decía.
Ella había venido a Caracas a ver a su hija y conocer la ciudad. No le gustó vivir en un rancho del cerro con calles llenas de basura. La inseguridad la tenía angustiada. Al cabo de un tiempo decidió regresar a su pueblo.
Me dijo: Tengo que
irme, señora Silvia, porque si no los chavistas se van a llevar a mi papá el día de las elecciones presidenciales para que voté por ellos. Y eso ella, no lo
podía permitir.
Antonia con su risa desdentada, sus sonoras carcajadas y su afable sencillez regresó a su pueblo en los Andes venezolanos.
Antonia con su risa desdentada, sus sonoras carcajadas y su afable sencillez regresó a su pueblo en los Andes venezolanos.

Me gustas como escribes,me sentí por un momento en el lugar,como parte del acto!!!!!sigue escribiendo Silvia,no dejes de hacerlo!!!!
ResponderEliminarQuerida Silvia que buenos tus escritos, son tan verdaderos y traen recuerdos, en este caso de situaciones similares. Cómo la que fue mi nana,
ResponderEliminarllego a mi casa de 19 años y yo tenia 1, vivió con nosotros muchísimos años y además de cuidarme a mi de pequeña ayudo a mi mamá con tofus mis hermanos y con los años me ayudaba a mi con mis hijos; yo casi nunca de casada tuve ayuda, trabajaba en la universidad a dedicación exclusiva, todos los días les llevaba a mis hijos y ella los cuidaba durante el día casa de mi mamá , uno estaba en el kínder y el otro era un bebé, y así fue hasta que ellos se hicieron grandes y ella seguía en casa de mi mamá , ayudándola a ella trabajo en todo limpiaba planchaba y al final aprendió a cocinar y lo hacía muy rico .
Y allá en casa de mi mamá aprendió a leer y escribir y a sacar cuentas , murió ya bastante mayor casa de mi mamá, tuvo casi 65 años con nosotros y se llamaba Petra, era de Barlovento
Edo Miranda.
Saludos Silvia
Que estén bien por tu casa allá en La Molina en Lima, un abrazo