Vivo ya fuera de mí, después que muero de amor;
porque vivo en el Señor, que me quiso para sí.
Santa Teresa de Jesús
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| San Martín de Porres |
Las
nietas de Julia se habían acostumbrado a que su abuela llegara dos veces al año
con una de sus hijas a Lima, para su
respectivo chequeo médico en el Hospital del Empleado. La abuela permanecía internada una semana, cuando menos.
Para las niñas era una algarabía, pues esto significaba que papá Sergio las
llevaría algunas tardes a visitar a su abuela al hospital, y luego, por lo bien
que se portaban las invitaba a la cafetería del nosocomio a comer butifarras o hamburguesas con papas fritas y de postre
siempre pedían sus helados favoritos Peach melba, o torta helada. Era ya una
costumbre de unos cuantos años que disfrutaban mucho.
–Papá, a
la abuela nunca la hemos visto vestida con un traje normal; siempre está con ese hábito negro y blanco ¿por qué papá?-
preguntó la pequeña Adina.
Es porque la
abuela es devota de San Martín de Porres. Ella hizo la promesa de vestir el hábito del
santo hasta el fin de sus días. Sólo se
lo quitan aquí, en el hospital, para ponerle la bata de los internos. Le
contestó su padre.
-Seguro que la abuela
le pide al santo que la cure; pero la
abuela Julia no parece muy enferma porque se come todo lo que le llevan de
almuerzo-. Intervino Sol.
-Sí, así es, a ella le gusta la comida de acá-. Sonrió el papá y continuó: -Está enferma;
pero el apetito no lo pierde. Se parece a ustedes cuando venimos a esta
cafetería se comen todo. Bueno, es
hora de pedir la cuenta para regresar a ver a la abuela para estar un rato más
con ella-. Dijo el papá -¡Señorita la cuenta, por favor!
Al llegar
al piso de hospitalización general, desde lejos divisaron a dos de los nueve hijos de la abuela y a sus esposas. La
habitación estaba llena con nietos y la abuela estaba despierta. Al rato la
enfermera pasó indicando que la visita terminaba en media hora. Poco a poco se
fueron retirando todos.
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| Hospital del Empleado de Lima - Perú. Inaugurado el 24-07-1956. Actualmente: Hospital Nacional E. Rebagliati M. |
Ya había anochecido, serían como las 8
de la noche y llegó a casa de su hermano Sergio la tía Celeste, la hija con la
que había llegado a Lima, la abuela. Celeste preguntó por su hermano pero él
había salido a su reunión de todos los martes de la logia masónica.
– La señora tampoco está… fue a casa de su
hermana- le dijo María mientras ponía la piyama a Adina.
Celeste se dirigió a Sol -Ven tú conmigo Sol, que eres la mayor… acompáñame… tal vez nos puedas
ayudar en algo… en el hospital está
tu tía Cuchi… tu abuelita se ha puesto
muy grave.
Celeste le pedía al taxista que tomara la ruta más corta hacia
el Hospital. Se bajaron volando, atravesaron corriendo la larga ruta hacia los ascensores.
Al llegar al piso una de las enfermeras,
presurosa, se acercó a tía Celeste… ella empezó a llorar. Sol no entendía qué
pasaba aunque se imaginaba que la abuela se había agravado más. Celeste tomó de
la mano a Sol, bajaron al sótano del hospital, atravesaron otra vez los largos
pasadizos, corrían a través de salas de espera de los consultorios médicos de la planta baja. No había nadie, de vez en cuando, veían un vigilante, éste guiaba
a tía Celeste dándole indicaciones. Hasta que llegaron a un sector del sótano
donde había una serie de habitaciones contiguas, tía Celeste abrió una de esas
puertas y entraron.
Allí estaba la
abuela, tenía sus ojos bien cerrados, los labios apretados como sellados, su
pelo blanco peinado hacia atrás como siempre lo llevaba. Estaba acostada,
totalmente inmóvil, dormida en un sueño muy profundo. No se escuchaban sus
leves ronquidos, tampoco su respiración. Su cuerpo ocupaba toda la anchura de
la angosta camilla, aunque el largo de
la misma excedía el tamaño de la abuela. Vestía su hábito de San Martín de
Porres. Al fondo de la habitación estaba sentada la tía Cuchi, sosegada se
incorporó apenas las vio. Corrió a abrazar a su hermana, y a Sol le dio un
beso. Las hermanas lloraron juntas, a Sol aún no le brotaban las lágrimas. No
entendía cómo la abuela estaba, de pronto, muerta.
Al cabo de unos minutos las tías le dijeron a
Sol –Hijita quédate un rato con la abuela;
nosotras tenemos que ir a una oficina del
hospital a hacer unos trámites, no nos demoramos-. Salieron juntas. La niña, a sus doce años, nunca había enfrentado la
muerte de alguien. Parada, quieta al pie de la abuela, se extrañó que no sintiera
miedo, pero si viene un extraño y abre la puerta allí sí me va a dar miedo, pensaba.
De pronto, le
empezó a hablar a su abuela: –Abuelita ¿dónde se fue tu alma? No tengo
miedo abuela porque tú nunca harías algo para asustarme, tú no te vas a sentar de
pronto y abrir los ojos así como en las películas de Frankenstein, y empezar a
perseguir a la gente con las manos estiradas.
Te prometo que ya nunca voy a ver
en la televisión la serie de Boris Karloff. Eso no es verdad que los muertos se
levantan, ¿verdad abuela? Tú estás con Dios y con San Martín de Porres. Tú no
me vas a asustar abuelita.
La niña se acercó a su abuelita y la besó en la
frente… ¡Adiós abuelita Julia! Ya nada te
duele ¿verdad? Acarició su pelo, acomodó su hábito. Y las tías no
regresaban.
| Atardecer limeño. El sol se mete dentro del mar. |
| La Bandera del Perú. |
-Quién diría abuela… yo que
soy junto con Adina de las nietas que sólo te veíamos cuando viajábamos a
Ferreñafe para tu cumpleaños, soy ahora la que está a tu lado… aquí a solas contigo
en tus últimos momentos en la tierra. Besó a su abuela y esperó a sus tías
al lado de su abuela muerta.
| Sol, adulta, contempla el atardecer marino |


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