domingo, 2 de febrero de 2020

El fuego de tu hoguera



Esa calurosa y aún juvenil noche limeña de enero 2020 subí al ómnibus 202 con dirección a La Molina con la suerte de a pesar de la hora, encontrar un asiento vacío. Así que me ubiqué al lado de la ventana e inmediatamente saqué de mi cartera mis audífonos para hacer el trayecto de regreso a casa escuchando la música que me gusta. El viaje desde Miraflores es largo, por lo menos una hora hasta La Molina. Busqué en WhatsApp los chats del Ateneo La Carlota, es mi grupo cultural de Caracas del cual formo parte desde hace varios años. Se reúnen los miércoles por la tarde para compartir tertulias culturales. Cuando surgió la aplicación tecnológica de WhatsApp para teléfonos inteligentes integré a sus miembros formando el grupo  con el nombre de la urbanización donde vive la creadora del Ateneo, la Dra. Alicia Álamo Bartolomé, dama brillante, inteligentísima, icono de la intelectualidad venezolana, quien a sus 92 años sigue dando clases en la universidad. Pues bien, la casa de Alicia es también sede del Ateneo La Carlota. A través del chat del Ateneo nos comunicamos todos sus miembros, enviamos música, vídeos, poesía, noticias, y todo lo que la humanidad se reenvía por Internet.
Perfecto pensé, ya ubicada en mi asiento de la 202, podré escuchar la música que han posteado los amigos del Ateneo. Inserté los audífonos en mis orejas y a la vez al teléfono.  A mis oídos acudió Johann Strauss con su Danubio Azul ¿Quién diría? pensé sonreída, viajo en este autobús atestado de gente y, sin embargo, escucho en exclusiva los acordes de esta melodía magnífica. En realidad dentro del autobús, cada quién estaba en su mundo. Estos teléfonos inteligentes han cambiado la vida de la gente. Casi todos los pasajeros en Lima se trasladan de un lado a otro con sus audífonos puestos. Hablan por teléfono, otros viajan con la cabeza gacha viendo vídeos, escriben mensajes de texto. Cada quién inmerso en su mundo.

El ómnibus se detiene en una de las paradas de la Av. Javier Prado, desciende la persona que iba a mi lado, suben dos mujeres. La mujer mayor se sienta junto a mí y la más joven viajará parada a su lado. Decido quitarme los audífonos pues ya había escuchado 3 maravillosas melodías.  Miro a través de la ventana veo el movimiento de la gente aglomerada en las paradas de los transportes, otros caminan veloces a sus destinos. Es la hora en que salen de sus trabajos; todos andan ansiosos de regresar a casa. El tráfico en Lima es terrible a toda hora y a esta hora se pone infernal. Aparto mi mirada de la ventana y regreso a mi mundo dentro del ómnibus, miro a la chica que le habla muy quedo a su amiga sentada a mi lado de edad contemporánea a la mía. Las miro rápidamente a ambas, ellas ni cuenta se dan de mí. Es una conversación intensa que mis oídos captan perfectamente a pesar que hablan en un volumen bajo. Todo indica que son compañeras de trabajo. La joven anda con mal de amores tiene los ojos enrojecidos, su amiga sentada a mi lado puede ser su madre; ella la aconseja: Espera no lo llames, dale tiempo, a ver cómo él reacciona. La chica está despechada; no es fácil. A esa edad, uno piensa que el mundo se te acaba cuando peleas con tu amor.  La joven asienta con la cabeza. Escucha a su amiga y se esfuerza en contener sus lágrimas a punto de brotar y brotan. Ella se las seca con el pañuelo que tiene entre su mano. Está dolida, triste, vulnerable.  Yo, que no la conozco también me entristezco.  De pronto acuden a mi mente recuerdos míos de juveniles despechos amorosos. ¿Cómo puedo tener estas reminiscencias? Pienso qué tontita era yo y me enternezco por mi pasada juventud con vivencias alegres y también como las tristes de esta chica. Por otro lado, o a la vez, me maravillo de la obra prodigiosa que hizo Dios con nosotros al crearnos así; en un instante  con la mente viajamos en un túnel del tiempo sin movernos de donde estamos. De pronto me veo jovencita como si estuviera viendo una película y evoco recuerdos de situaciones mías como los de esta chica. En esos casos yo acudía a mi madre. A su lado, hacía catarsis y lloraba mis rompimientos a moco tendido; mi mamá me consolaba y me decía muy burlona ella, imagínatelo que tiene diarrea, ¡Uy! ¡Aj! Que tiene mal aliento, inaguantable pues. Y así, las dos terminábamos riéndonos. Hasta que el tiempo se encargaba de sanar esas heridas mías juveniles del alma. Algunas las recuerdas, uno no se olvida del todo de los que te llegaron más al alma, de otros ni siquiera recuerdas sus nombres. Es la vida, el tiempo pasa y superas los mal de amores.  Pero ahora estoy en el transporte 202, vuelvo al aquí y al ahora con esta joven que me regresó a mi túnel del tiempo por un instante. La chica está muy triste. Quisiera decirle algo, pero no me toca soy una desconocida para ellas. Vuelvo a refugiarme en mi música, con mis audífonos. Esta vez escucho "Eres tú" de Mocedades, la canción que me dedicó cuando éramos enamorados, mi esposo,  el padre de mis hijos.  Muy de vez en cuando escuchamos juntos a ese maravilloso grupo musical de los setenta y ochenta del siglo pasado y han pasado más de 40 años.
Cuando llegué a mi destino la chica se hizo a un lado para dejarme pasar, ambas nos miramos a los ojos. Ella es de rostro dulce, sonreímos una a la otra.  Espero que la joven haya entendido lo que quise decirle con mi mirada: tu herida del alma pasará … el tiempo se lo llevará hasta convertirlo en un espejismo, o, en nada. El mismo tiempo traerá a tu prometido al que será como el fuego de tu hogueraa tu mañana de verano… al agua de tu fuente…  Así, así, será para ti,  tu él.
¡Espera y confía! Siento que su alma me escucho. Y la abrazo con la mirada de mis ojos húmedos, por ella.



2 comentarios:

  1. Silvia te felicito por tu relato, me transportastes! Serviría tu experiencia y habilidad para escribir.

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  2. ¡Gracias, gracias! Me alegra mucho que también te transportaras en tu túnel del tiempo. Es rico darse un "viajecito" plagado de gratos, inolvidables momentos vividos de puro amor.

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