A mi tío Carlos con ternura,
concuñado y gran amigo de mi papá.
La camioneta atravesaba veloz esos parajes solitarios viajaba por caminos de trocha y hacía horas que no avistaba ningún otro rústico. Habían sido días intensos, de mucho trabajo, se sentía agotado ¡Qué bien le caerían unos masajitos! Ver la televisión, escuchar las noticias. Tenía que llegar a Iquitos antes del anochecer para tomar el avión que lo llevaría de vuelta a Lima.
Sí, otra vez en la civilización, la bulla citadina, su mujer, sus hijos, los amigos, los güisquis, el Pisco sour, jugar al sapo con su concuñado Pedro, un ceviche bien taipá y un suculento plato de conchitas a la parmesana ¡Eso es lo mío!
Sí, otra vez en la civilización, la bulla citadina, su mujer, sus hijos, los amigos, los güisquis, el Pisco sour, jugar al sapo con su concuñado Pedro, un ceviche bien taipá y un suculento plato de conchitas a la parmesana ¡Eso es lo mío!
No tenía recepción radial para siquiera escuchar un poco de música mientras conducía. Ese silencio sepulcral lo agobiaba, temía quedarse dormido manejando. Solamente él, el cielo azul oscuro, furioso, nubes enormes, lluvia incesante, agresiva. Monte y culebra húmeda, solitaria.
Ensimismado en sus pensamientos seguía añorando llegar lo más rápido posible a Iquitos para salir de esa selva que lo abrumaba y de la que ya se sentía hastiado.
En un par de años me retiro, ya no estoy para estos trotes. Se necesitan ingenieros más jóvenes con mística, amor a su país, para aguantar tantos meses metidos en medio de la selva, de la nada. Tanta viajadera ya lo tenían cansado. Se podría decir, que estaba empezando a odiar lo que antes tanto amó.
Estos cargos son políticos, cuando venga un nuevo gobierno me quitan. Sólo tengo que esperar un par de años más y estoy fuera del Ministerio ¡Qué carajo que me tenga que volver manejando a Iquitos. El chófer de mierda que se emborrachó! Si no fuera por la urgencia de viajar a Lima, me quedo durmiendo la mona como ese cholo.
En un par de años me retiro, ya no estoy para estos trotes. Se necesitan ingenieros más jóvenes con mística, amor a su país, para aguantar tantos meses metidos en medio de la selva, de la nada. Tanta viajadera ya lo tenían cansado. Se podría decir, que estaba empezando a odiar lo que antes tanto amó.
Estos cargos son políticos, cuando venga un nuevo gobierno me quitan. Sólo tengo que esperar un par de años más y estoy fuera del Ministerio ¡Qué carajo que me tenga que volver manejando a Iquitos. El chófer de mierda que se emborrachó! Si no fuera por la urgencia de viajar a Lima, me quedo durmiendo la mona como ese cholo.
De pronto, inesperadamente el radio empezó a funcionar solo. Se oía una música estruendosa, chicha, de esas melodías que trasmiten las emisoras de pueblo que en un dos por tres sacó a Carlos de su ensimismamiento. Estiró la mano hacia el aparato radial para bajar el volumen, al tiempo que sintió una presencia en el lugar del copiloto. Volteó la cabeza. Sentado y mirándolo había un cuerpo gris, gelatinoso, rugosos como de cocodrilo, cabeza grande, calva, orejas grandes, dos ojos negros desorbitados, de mirada dura como de odio, brazos y dedos largos. Tenía una boca larga horizontal, gruesa, violácea. El ser extraño, ¿extraterrestre?, en posición ligeramente ladeada e inclinada hacia Carlos lo miraba con curiosidad, con expectativa, con interrogación ¿Qué expresión era esa? Carlos dio un brinco intempestivo, inesperado en su asiento y pego un grito aterrador e intenso al ver al extraterrestre ¡Pero éste, ni se inmutó!
Carlos jadeando de angustia, en lugar de parar el vehículo en el que viajaba, instintivamente aceleró la velocidad como si así, ese ente de otro mundo desaparecería
¿Cómo había llegado esa cosa hasta él? Su inesperado acompañante permanecía sentado a su lado, inmóvil, atento a Carlos. Sólo lo miraba fijamente. Ningún ruido, ningún gesto ¡Nada!
¿Cómo había llegado esa cosa hasta él? Su inesperado acompañante permanecía sentado a su lado, inmóvil, atento a Carlos. Sólo lo miraba fijamente. Ningún ruido, ningún gesto ¡Nada!
Carlos se propuso sólo ver la senda por dónde iba, no quiso volver a mirar al lugar del copiloto. Como si con no verlo, el extraterrestre dejaría de estar a su lado.
Pensó: hasta aquí llegué yo. Si esta cosa llegó a mí desde la nada, seguro me llevará consigo ¡Desapareceré de este mundo sin dejar rastro alguno!
Pensó: hasta aquí llegué yo. Si esta cosa llegó a mí desde la nada, seguro me llevará consigo ¡Desapareceré de este mundo sin dejar rastro alguno!
Ya no podía acelerar más, iba a máxima velocidad ¿Cuánto tiempo más me queda?
En eso Carlos escuchó un fuerte gruñido gutural, como si el extraterrestre le estuviera diciendo algo. No quiso voltear a verlo de nuevo porque ¡Nunca en su vida había sentido tanto miedo, tal pánico! ¡Esto rebasaba sus capacidades humanas! De pronto, el radio dejó de sonar. Extrañado, Carlos miró de reojo el asiento del copiloto. El ente viviente ya no estaba. Paró abruptamente la camioneta, se bajó desesperado, le vino un vómito intempestivo y arrojó hasta el alma.
Sin importarle la intensa e incesante lluvia, permaneció empapado un buen rato a la intemperie, preguntándose ¿Qué era lo que había acabado de vivir?
Sin importarle la intensa e incesante lluvia, permaneció empapado un buen rato a la intemperie, preguntándose ¿Qué era lo que había acabado de vivir?
FIN
Silvia.


No hay comentarios:
Publicar un comentario