viernes, 11 de noviembre de 2016

Visita inesperada en el Támesis




El río Támesis y su Noria
A veces las cosas simplemente suceden y resultan tan increíbles que si las hubiéramos siquiera imaginado no hubieran ocurrido. Estaba yo sentada, bien abrigada,  en un banco a orillas del río Támesis, en la zona de aparcaderos de los botes de turistas, a pocos metros del puente que conduce al Palacio de Buckingham. Leía absorta Orgullo y Prejuicio. De pronto se sienta a mi lado una señora elegante,  alta, delgada, de penetrantes ojos grandes, tez muy blanca, bien protegida del viento helado por un grueso abrigo gris  con cuello de visón.  Al  rato me dirige la palabra: Me han invitado a dar  una conferencia sobre las mujeres  y la literatura.
 No sé qué pretenden que les diga  ¿Qué les hable de Jane Austen, Fanny Burney y otras escritoras inglesas?  Eso es tema trillado. ¡No voy a repetir lo que ya saben! 

Empezamos a conversar e intercambiar ideas sobre el tema. 
Precisamente estoy leyendo a Jane Austen. Le dije.  Ella pareció no escucharme pues siguió pensando en voz alta.  Divagando.
¿Qué es lo que necesita una mujer para dedicarse a la literatura? Me preguntó…  Ella no esperaba una respuesta de mi parte. Hablaba consigo misma.
Tower Bridge

El Big Ben - Londres
Será inspiración, tranquilidad, concentración, desaparecer  su teléfono móvil para  que le vengan las ideas sin interrupciones. Le contesté.

¡Ah! Claro, eso se da ya por atribuido; pero  es una consecuencia. Antes de eso ¿qué es lo que una mujer realmente necesita para dedicarse a la intelectualidad? Me respondió.

Hastiada de su interrogatorio. Me paré para irme. Ella enfrascada en sus  elucubraciones, ni cuenta se había dado de que  yo me iba.  Con gesto intempestivo me extendió la  mano  y se presentó:
Me llamo Virginia Woolf, mucho gusto. Me dijo.

La miré sorprendida. Lívida, enmudecí.  ¡Esta mujer es una loca! Pensé.

¡No puede ser! Estamos en el 2016 y Virginia, la escritora, se fue  de este mundo en 1941. Y por su propia decisión además. Sin esperar el tiempo  que Dios le dio. ¿Esto es una  broma? ¡Ah! ¡Ya sé! ¡Cámara escondida, eso es! ¿Dónde está? Le contesté

Ella seguía hablando sola. 

Como no me pareció peligrosa volví a sentarme a su lado. Cerré mi novela y le presté toda mi atención.

Las mujeres siempre han sido pobres desde el origen de los tiempos. Han gozado de menos libertad intelectual que los hombres. Afortunadamente gracias a esas  mujeres anónimas del pasado, estos males están siendo superados.  Levantó la vista y me miró con sus expresivos ojos grandes.

Tienes razón,  a las mujeres nos ha tocado luchar por nuestros espacios a través de los años y seguimos en ello. Vamos a la universidad; decimos lo que pensamos cuando nos da la gana. Aunque aún existen sociedades en este mundo que consideran a la mujer intelectual, moral y físicamente inferiores a los hombres y las tratan como esclavas. Le comenté. 

Por eso es que digo que la mujer para dedicarse a la literatura  necesita ser independiente,  tener una habitación propia y dinero propio.   Es hora de la cena, tengo que irme. Me dijo.

Su conversación me tenía cautivada, como si esperase más de ella. No todos los días se tiene  una oportunidad así. A eso debo, presumo, el que espontáneamente la  invité a cenar.

Bien, espéreme aquí voy a buscar un taxi para que nos lleve a Piccadilly  Circus. Conozco un lugar muy agradable y tranquilo con buena comida donde podemos seguir conversando.  No tardo. Le dije.
Picadilly Circus

Al cabo de unos minutos volví. Miré aquí y allá y Virginia no estaba. Se había parado de la banca para irse a no sé dónde. Me acerco al  viejo que controlaba en el embarcadero la salida y llegada de los botes con pasajeros. Le pregunto:
¿Ha visto a la señora que estaba conversando conmigo hasta hace unos instantes en aquel banco?
No vi a ninguna señora que conversaba con usted. Todo el tiempo usted estuvo sola. Por cierto con una actitud extraña, pues gesticulaba y hablaba como si alguien la estuviera escuchando.
Sí, es que yo estaba hablando con alguien. Le contesté.
¡Ah!Bueno, le diré que no es la primera vez que me lo dicen. A esa banca suelen venir  aparecidos muy encopetados del más allá. Les encanta conversar con personas así como estaba usted, con libros en las manos.







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