| El río Támesis y su Noria |
A veces las cosas simplemente suceden y
resultan tan increíbles que si las hubiéramos siquiera imaginado no hubieran
ocurrido. Estaba yo sentada, bien abrigada, en un banco a orillas del río Támesis, en la zona de aparcaderos de los botes de turistas, a pocos metros del
puente que conduce al Palacio de Buckingham. Leía absorta Orgullo y Prejuicio. De pronto se sienta
a mi lado una señora elegante, alta,
delgada, de penetrantes ojos grandes,
tez muy blanca, bien protegida del viento helado por un grueso abrigo
gris con cuello de visón. Al rato
me dirige la palabra: Me han invitado a
dar una conferencia sobre las
mujeres y la literatura.
Empezamos a conversar e intercambiar ideas
sobre el tema.
Precisamente estoy
leyendo a Jane Austen. Le dije. Ella pareció no
escucharme pues siguió pensando en voz alta. Divagando.
¿Qué es lo que
necesita una mujer para dedicarse a la literatura? Me preguntó… Ella no esperaba una respuesta de mi parte. Hablaba
consigo misma.
| El Big Ben - Londres |
Será inspiración, tranquilidad,
concentración, desaparecer su teléfono
móvil para que le vengan las ideas sin
interrupciones. Le contesté.
¡Ah! Claro, eso se da ya por atribuido; pero es una consecuencia. Antes de eso ¿qué es lo que una mujer realmente necesita para
dedicarse a la intelectualidad? Me respondió.
Hastiada de su interrogatorio. Me paré para
irme. Ella enfrascada en sus elucubraciones,
ni cuenta se había dado de que yo me
iba. Con gesto intempestivo me extendió la mano
y se presentó:
Me llamo Virginia
Woolf, mucho gusto.
Me dijo.
La miré sorprendida. Lívida, enmudecí. ¡Esta mujer es una loca! Pensé.
¡No puede ser! Estamos
en el 2016 y Virginia, la escritora, se fue de este
mundo en 1941. Y por su propia decisión además. Sin esperar el
tiempo que Dios le dio. ¿Esto es una
broma? ¡Ah! ¡Ya sé! ¡Cámara escondida, eso es! ¿Dónde está? Le contesté.
Ella seguía hablando sola.
Como no me pareció peligrosa volví a sentarme a su lado. Cerré mi novela y le presté toda mi
atención.
Las mujeres siempre han
sido pobres desde el origen de los tiempos. Han gozado de menos libertad
intelectual que los hombres. Afortunadamente gracias a esas mujeres anónimas del pasado, estos males están siendo
superados. Levantó
la vista y me miró con sus expresivos ojos grandes.
Tienes razón, a las mujeres nos ha tocado luchar por
nuestros espacios a través de los años y seguimos en ello. Vamos a la universidad; decimos lo
que pensamos cuando nos da la gana. Aunque aún existen sociedades en este mundo que consideran a la mujer intelectual,
moral y físicamente inferiores a los hombres y las tratan como esclavas.
Le comenté.
Por eso es que digo
que la mujer para dedicarse a la literatura necesita ser independiente, tener una habitación propia y dinero propio. Es hora de la cena, tengo que irme. Me dijo.
Su conversación me tenía cautivada, como si esperase más de ella. No todos los días se tiene una oportunidad así. A eso debo,
presumo, el que espontáneamente la invité a cenar.
Bien, espéreme aquí voy
a buscar un taxi para que nos lleve a Piccadilly Circus. Conozco un lugar muy agradable y tranquilo con
buena comida donde podemos seguir conversando. No tardo. Le dije.
| Picadilly Circus |
Al cabo de unos minutos volví. Miré aquí y allá
y Virginia no estaba. Se había
parado de la banca para irse a no sé dónde. Me acerco al viejo
que controlaba en el embarcadero la salida y llegada de los botes con
pasajeros. Le pregunto:
¿Ha visto
a la señora que estaba conversando conmigo hasta hace unos instantes en aquel banco?
No vi a ninguna señora
que conversaba con usted. Todo el tiempo usted estuvo sola. Por cierto con una
actitud extraña, pues gesticulaba y hablaba
como si alguien la estuviera escuchando.
Sí, es que yo estaba
hablando con alguien.
Le contesté.
¡Ah!Bueno, le diré
que no es la primera vez que me lo dicen. A esa banca suelen venir aparecidos muy encopetados del más allá. Les
encanta conversar con personas así como estaba usted, con libros en las manos.

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