Para Adita, mi hermanita querida.
Por WhatsApp nos escribimos tres amigas del colegio. Una es socia de un club de playa al sur de Lima. Nos invita a pasar un día al pie del mar juntas. Escribe:
Renée, Silvia ¿Vamos a la playa el jueves, les parece bien?
Sí, claro, está bien, contestamos ambas con sendos mensajes de texto.
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| El peñón en playa del sur de Lima |
Renée, Silvia ¿Vamos a la playa el jueves, les parece bien?
Sí, claro, está bien, contestamos ambas con sendos mensajes de texto.
Amanece el jueves y rezo para que sea un día luminoso. El cielo limeño es nublado y nos podía corresponder un día opaco, triste. Para mí en día de playa el
astro Sol debe reinar, es sinónimo de felicidad total.
A las 8:30 am. ya estábamos enrumbando hacia las costas del
Sur de Lima. Todo indicaba que íbamos a tener un bonito día. El sol se asomaba
aún muy tímidamente, allí estaba para no irse. Yo, suplicaba al universo quédate
sol con nosotros. La carretera estaba fluida, con circulación decente,
cordial de camiones, camionetas, carros particulares. El tiempo presagiaba un
día prometedor y nosotras estábamos entusiasmadas.
Por fin, llegamos. Mi amiga Luz, nos hace un
recorrido por el club, unas cuantas familias con sus hijos de vacaciones pasan
su semana de playa. Vamos a los
vestidores para cambiarnos con nuestros bañadores. Me aplico el protector solar. Reencontradas en el pasillo nos damos el visto
bueno visual silencioso como las mujeres solemos hacer; un acomodo del traje de baño, tenemos las toallas ¿todo lo que vamos a
necesitar? Sombrero, lentes, dinero y, salimos rumbo
a la playa.
Que mañana tan agradable, maravillosa, cálida, comentamos
entre nosotras. Si todas las mañanas fueran como esta andaríamos en el
paraíso pienso, e inevitablemente recuerdo las playas caribeñas de distinta
morfología.
Unos cuantos niños corretean
en la playa, otros se bañan, dos salvavidas desde sus puestos están atentos vigilando
a los bañistas en el mar. El oleaje es continuo, una ola tras otra, sin dar tregua
aterrizan su espuma blanca en la orilla. Es un paisaje hermoso de la costa del
sur limeño.
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| Amigas desde la niñez |
Recuerdo haber recorrido muchas veces esta carretera plagada de distintas playas. Unas de aguas tranquilas, las playas surfistas, las bravas de oleajes grandes, las bañables, las casi vírgenes que aún estaban por ser exploradas. Pero ahora, es otro paisaje muy diferente. Han pasado 40 años. Soy consciente de ello ¿Cómo no iba a ser otro paisaje el que yo vería? Sólo que me da tristeza. Siento que lejos de mejorar hemos decaído un poco más. Tal vez, sí hayan más clubes, conjuntos de casas de playa bonitos, cercados de alambres, alcabalas, y me pregunto ¿Es esto mejorar? ¿Constituye un avance? O más bien, se han acrecentado las desigualdades. Por lo menos, antes, uno atravesaba cada comunidad aledaña a la playa, no habían alcabalas. Me hubiera gustado que cada sector, cada comunidad creciera como pueblo bonito, abierto, cordial, que nos integráramos más los peruanos unos con otros, que decrecieran las desigualdades de clases sociales. Que las comunas se constituyeran en aldeas abiertas de nativos residentes y migrantes que van y vienen al pueblo playero. Evoco y extraño las playas accesibles a todo público así eran antes, cuando yo era una niña y jovencita aún. Me hubiese gustado que crecieran como alcaldías prósperas enfocadas al turismo de playa y afines. Sin embargo, es mi primera visita a las payas del sur de Lima es prematuro para mí opinar y aún no conozco Asia.
Si nos quedáramos un día más en esta playa me acercaría a los espacios del hermoso peñón que adorna su orilla que debe ser remanso de plancton, algas, peces, muy muy s. Estos nobles cangrejitos que van, vienen, y se esconden dentro de la superficie de la arena en la orilla del mar. Son inquietos, a la vez lentos, qué paradoja.
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| Cangrejitos de mar: Muy muy |
Ellos instalan sus madrigueras al ras de la arena. En su ir y venir el agua de la ola se retira y es allí cuando nosotras: las otrora niñitas Silvia y Ada corríamos con otros pequeños para atraparlos ¡zas, zas! los metíamos en nuestros baldecitos llenos de agua, luego contábamos quién tenía más muy muy s en su balde. Al final del día, papá o mamá antes de regresar a casa, retornaban los cangrejitos al mar. Nosotras arrancábamos a chillar como verracos según nos decía nuestra preciosa abuelita Matilde Legrand Morse; papá y mamá ni caso nos hacían al tiempo que con sendos helados sepultaban nuestros chillidos infantiles. Y así nos olvidábamos de los baldes llenos de muy muy s.
Meterse al mar de las costas peruanas es toda una aventura,
el frío oleaje no te deja, te ausculta primero. Sientes en el cuerpo el golpe
de sus olas frías y celosas. Neptuno te reta con su tridente y lanza olas con espuma
para que a uno le cueste adentrarse al mar limeño. Debes enfrentarlo sino estás
perdido. esas olas espumosas,
avasalladoras, incansables, una tras otra te desafían. A pesar de ello, tu
cuerpo se va acostumbrando a la temperatura del agua y ya no sientes frío. El mar o tú, van cediendo, aceptándose uno al
otro. A partir de allí empieza el
disfrute pleno y luego te costará salir del agua de las hermosas costas de las playas limeñas del océano
Pacífico.



Bello relato, me gustó leerlo.
ResponderEliminar¡Gracias! Me encanta.
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