miércoles, 12 de abril de 2023

El vestido

Hermoso vestido azul de 45 soles
Luego de un suculento almuerzo preparado por mi tío ingeniero Carlos de juveniles 95 años a quien le gusta cocinar de vez en cuando bajo la atenta mirada y supervisión de su hija Patricia quien hace las veces de sous chef  cuando su papá cocina. Disfrutado el  esplendido almuerzo y  los gratos momentos de la sobremesa con risas incluidas, conversación agradable; ya entrada la tarde yo debía regresar a mi casa. Tenía ganas de caminar por lo que no llamé al aplicativo Cabifay, más bien enrumbé a pie hacia la Av. Salaverry en Jesús María. Mi prima Patricia me había advertido que tenía que tomar el autobús morado con una C bien grande en el frontis de la carrocería, así que subí a uno de esos buses. Debía bajar en el paradero final en Magdalena del Mar así hice; descendí del bus frente a la Iglesia. Atravesé calles centrales del mercado de Magdalena con mucha gente que compraba, miraba tiendas, comía en restaurantes, dulcerías, empezaba a oscurecer, la gente entraba y salía de tiendas, heladeros, raspadillas y vendedores ambulantes ofrecían sus productos. Las calles del mercado siempre muy concurridas. En ese ambiente populoso diviso a una chica con gorra blanca deportiva, pantalón blue jeans, blusa rosada, cara agraciada, a sus pies tenía un costal con mercadería. Estaba rodeada por tres señoras con las que conversaba les mostraba su mercadería. Me llama la atención el grupo ¿qué vende? me acerco a ellas. La joven agraciada vende vestidos. Una de las mujeres sostiene un vestido azul con flores de colores de tela vistosa, hablan de precios, la joven saca del costal sus vestidos para mostrarlos a clientas. Me integro al grupo para ver los vestidos de telas frescas, ligeras, vistosas; pregunto el precio, ella me dice 45 soles cualquier vestido. Una señora tenía un vestido azul de flores en sus manos, le pregunto si lo va a comprar, me contesta que no sólo estoy viendo, además, no me quedaría es para alguien más delgada que yo y me entrega el vestido. Una de las señoras del círculo que rodea a la vendedora grita: ¡fiscales! La vendedora agarra su costal que contiene vestidos y sale corriendo en sentido contrario a los fiscales a su lado empiezan a correr las otras señoras detrás de la vendedora. Yo soy la única, desconcertada que se queda parada con el vestido en la mano, volteo a mirar y veo que a mis espaldas están tres fiscales una era mujer, ellos no me miran hablan entre sí. Dirijo mi vista hacia donde había corrido la vendedora y las otras posibles clientes. Veo hacía dónde debe estar la vendedora la busco con la mirada pues me había dejado su vestido en la mano. No la veo por ningún lado. Pregunto a unas personas que caminaban por donde tenía que haber pasado la chica ¿han visto correr a una joven con un costal blanco?  Un señor contesta, se ha ido corriendo hacia esa dirección. Ya era de noche, me digo ¡Dios mío! ¿Qué hago? Tengo el vestido de la chica sólo me queda correr hacia donde ella se fue. Paso por calles solitarias, iba dejando el mercado atrás. Sigo mi camino, ya no corro sino camino y pregunto si han visto a la joven del costal blanco. Cada vez me alejo más, las calles cada vez más solitarias. Pienso ¡a mi edad, nadie se va a meter conmigo! y continuo mi caminata señor, señora ha visto una chica con una gorra blanca, cargando un costal blanco? Unos me respondían: ¡NO! Sigo mi caminata, dudo ¿qué hago? ¡pobre chica tengo su vestido! Camino, la busco con la mirada de pronto la veo, está parada en una esquina con una persona a su lado, no se mueven. Me acerco y le digo: ¡hija, me has hecho correr buscándote! ¡me dejaste tu vestido! Tómalo, aquí está. Ella me contesta ¡Gracias, señora! Tuve que correr sino me decomisaban mi mercancía. Le contesto: ¿En serio, te quitan toda tu mercadería? Antes que ella me respondiera, la persona a su lado habla: Sí, les quitan toda su mercadería, porque son informales, y compiten con los negocios que tienen sus locales instalados. Las escucho, y me cuentan ciertos episodios de experiencias pasadas, “se quedan con su mercadería”. Le pregunto ¿pero no te la devuelven? Porque podrán ponerte una multa, pero la mercancía es tuya, tienes una inversión dineraria en ella. La persona a su lado responde: señora usted no es de acá, ¿no? Le contesto, sí soy limeña, pero he vivido muchos años fuera hace poco regresé a Lima. Le digo a la chica vendedora, te voy a comprar el vestido ¿cuánto cuesta? He corrido para encontrarte y me gusta tu vestido, me lo pruebo encima de la ropa puesta y le pago sus 45 soles. Ella se pone contenta y me entrega el vestido en una bolsa blanca pequeña de plástico. Al llegar a casa le cuento a mi esposo. El vestido es ancho para mí, no me importa, lo usaré en casa.
Las peregrinas en Larcomar

Al día siguiente tomaremos lonche (como el té inglés de las tardes), juntas las peregrinas, somos compañeras de la universidad, nos hemos bautizado “peregrinas” porque tenemos la ilusión de algún día hacer el Camino de Santiago en España ¿cuándo lo haremos? No sabemos, pero no nos queda mucho tiempo por la edad somos dignas adultas mayores. Al día siguiente decidí ir al lonchecito trajeada con mi vestido nuevo del mercado, las peregrinas deberían darle el visto bueno después de todo no todos los días una puede engalanarse con un vestido con historia. A las peregrinas les gusto mi vestido. No he vuelto a ver a la vendedora ambulante de vestidos.

2 comentarios:

  1. Gracias Galadriel por regalarnos esta pintoresca experiencia.

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    1. ¡Gracias, Rosita linda por leerme; un fuerte abrazo y beso amiga hermanas desde la chiquititud!😘💖

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